EL SÍNDROME DEL PROFESOR GIRAFALES ― De la ridiculez biempensante y de algunos de sus buenazos exponentes


El síndrome del profesor Girafales abunda no sólo en los ámbitos educativos. También prolifera en forma epidémica en los medios de comunicación, sobre todo como parte de esa penosamente profusa especie de los “analistas políticos” que, para perpetrar sus “análisis”, se aferran a un criterio formalista de la ley y desde allí descalifican todo lo que no se aviene a la letra muerta de la Constitución y de las legislaciones al uso, escamoteando explicar las relaciones de poder.

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El profesor Girafales es un maestro de escuela que profesa un ideal educativo memorístico según el cual el conocimiento es una serie de datos yuxtapuestos e inconexos. Paulo Freire lo habría puesto como el ejemplo típico de la “educación bancaria”: aquella que deposita en el cerebro de los educandos series de datos que, como los billetes en un banco, siempre permanecen separados unos de otros y nunca formando parte de procesos cuya comprensión depende de establecer la relación entre los factores que los causan, desarrollan y transforman en otros procesos diferentes. Además, el profesor Girafales practica una ética y una moral acartonadas, formalistas y ultraconservadoras que lo llevan a hacer el ridículo cuando se muestra incapaz de comprender (no digamos controlar) las conductas erráticas de sus pésimos estudiantes, y cuando incurre en subidas cursilerías al manifestar su amor platónico por doña Florinda, una urbanizada Dulcinea del Toboso que, a diferencia de ésta, cree en su pretendido caballero andante, en su sombrero demodé, sus flores mustias y su humeante puro en ristre.

PROFE JIRAFALESEl profesor Girafales, como el Quijote (sin ánimo de comparaciones equivalentes), es un ser fuera de lugar, marginado de su momento histórico: solemne, altruista, “serio” y risible; sobre todo para quienes se burlan de su alta estatura, su delgadez, su perplejidad, su “triste figura”. Él, obviamente, no se percata de esto porque ignora quién es, entregado como vive a la falsa imagen de sí mismo que le es dada por un concepto añejo de su profesión de maestro, entendido éste como un dechado de abnegación y desinterés, y como ejemplo de un impecable apostolado como educador de juventudes. En otras palabras, como un héroe cultural decimonono en pleno siglo XX. El profesor Girafales es pues el epítome de la obsolescencia biempensante: esa que oscila entre la buena voluntad y la estupidez por ingenuidad; entre la buena intención y la irresponsabilidad por ignorancia; entre la comedia y la tragedia. Y ello, porque este barato Quijote confunde la forma con el contenido, la apariencia con la esencia, lo real con su caricaturización.

Es un hipócrita que ignora que lo es. Lo cual lo hace doblemente peligroso para la niñez con la que trabaja, así como un pésimo ejemplo para las juventudes en busca de libertad individual, justicia social y capacidad de ejercer el pensamiento crítico.

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El síndrome del profesor Girafales abunda no sólo en los ámbitos educativos. También prolifera en forma epidémica en los medios de comunicación, sobre todo como parte de esa penosamente profusa especie de los “analistas políticos” que, para perpetrar sus “análisis”, se aferran a un criterio formalista de la ley y desde allí descalifican todo lo que no se aviene a la letra muerta de la Constitución y de las legislaciones al uso, escamoteando explicar las relaciones de poder. Su tono pontificador y al mismo tiempo fingidamente humilde, los delata como ignaros aspirantes a la gloria local y a un puesto público. Sus sermones de falsa solemnidad al proferir sin tregua lugares comunes y frases tiesamente rebuscadas y redundantes ―como aquella de “por qué motivo, razón o circunstancia” o la insufrible “pero más sin embargo”―, los aleja para siempre del análisis crítico y de su mal ensayada imagen de “científicos”, haciéndolos por el contrario replicar, para su desgracia, la bufa “seriedad” del buenazo y ridículo maistro Longaniza.

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Publicado el: 24/01/2018 ― En: elPeriódico

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