UNA EXPERIENCIA INOLVIDABLE

MRM_RECUADROEl imponente Teatro Nacional. Al centro de una platea, una banda de adolescentes sopla instrumentos de viento, aporrea bombos y redoblantes y se agita tras una manta de dimensiones inverosímiles con el nombre de una de las candidatas a Miss Guatemala 1992. En las lunetas y en los palcos hay otras mantas —más modestas que la primera— también con nombres de chicas concursantes. Se apagan las luces y la banda de adolescentes comienza a tocar marchas, entre ellas el himno de los marines: un panameño que está en la sala piensa de pronto que se halla otra vez en medio de una invasión. La voz de los locutores (dama y caballero bien vestidos) no se escucha: los gritos de las barras han creado ya un ambiente de estadio, de plaza de toros. Los reflectores de flash agreden el ojo de la concurrencia al ritmo de pistas sonoras que se mezclan con el ruido monótono de la banda de vientos…

Al fin salen las concursantes: rechiflas, gritos, porras: la voz del locutor que lee interminables listas de gentiles patrocinadores no se escucha: el ruido de vientos, bombos, redoblantes, panderetas y hasta de una sirena es sordo y perenne. Las chicas han aparecido en “trajes de fantasía”. Una viene vestida de espiga de trigo con un bikini increíble (al final, no ganó el premio a la “mejor figura”). En el teatro hace un calor horrible a pesar de que los listoncitos de las salidas del aire acondicionado se agitan sin parar. Luego de canciones, humo y reflectores torpes en un decorado que semeja trozos de pastel de feria, llegamos a un reconfortante intermedio de quince minutos que duró media hora. Y vuelta a empezar. Esta vez con más cancioncitas, más comerciales, y las barras de palurdos metiendo más bulla.

Los globos que se han escapado de las manos de la muchachada en el público revientan con la luz de los bombillos o descienden sin aliento hacia las lunetas. El calor aprieta. Las chicas han salido en traje de baño, han hablado ante el micrófono y han respondido preguntas “de actualidad” que les ha hecho el locutor. Una llegó a decir que solucionaría —con la ayuda de Dios, claro— el problema de los pobres huerfanitos de Guatemala, y otra dio su respuesta antes que el locutor pudiera hacerle la pregunta. Estaban nerviosas las chicas. Esas rampas por las que tenían que bajar casi de lado les hacían la vida muy negra. Más humo, más luces, el reflector de flashes agrede constantemente las pupilas de todos.

Llega el momento en el que se otorgan premios dadivosamente: Miss Fotogénica, Miss Simpatía, Miss Mejor Figura, Miss Cutis Más Fino o algo así, y entonces van quedando seis finalistas de las trece concursantes iniciales. Han salido a bailar al escenario grupos de niñas pequeñas a quienes el locutor anuncia como posibles Miss Guatemala del siglo XXI. Siguen los comerciales: un empleado de una firma patrocinadora usurpa el micrófono del locutor y hace un panegírico de su empresa y del certamen. La bulla de panderetas, vientos, bombos, redoblantes y de la sirena es insoportable. El locutor o la locutora —no recuerdo— califica el evento como “una experiencia inolvidable”. Ya se ha presentado a los miembros del jurado y están a punto de emitir su fallo. Suena de nuevo el himno de los marines. De pronto me doy cuenta de que quiero irme: son las doce de la noche y ya vamos a saber quién de las chicas es la nueva Miss Guatemala. Todo está consumado. La barra de palurdos y su orquesta siguen polucionando el ambiente. Salgo al parqueo del teatro y el ruido queda atrás. La noche es serena. No tengo problema en llegar hasta el auto y desaparecer en la oscuridad: el guardián del parqueo me mira extrañado. Es la noche del 7 de marzo. Vengo de una experiencia inolvidable. El Teatro Nacional es sin duda imponente, pienso, antes de cerrar los ojos y dormir como un hombre feliz…

Publicado en Siglo Veintiuno el 17/03/1992, Página 11

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