Archivos MRM│A la altura de su destino

el

Leyendo las Meditaciones de Marco Aurelio, me encuentro con esta, en el Libro Octavo:

«El verdadero deleite de un hombre está en hacer aquello para lo cual fue hecho. Y fue hecho para profesar buena voluntad al prójimo, para sobreponerse a las urgencias de sus sentidos, para distinguir las apariencias de las realidades, y para estudiar la naturaleza universal y su funcionamiento.»

El emperador romano escribió estas reflexiones durante sus campañas contra los llamados bárbaros, es decir, en medio de la soledad del poder político y del mando militar. Era un hombre formado en la tradición filosófica estoica tal y como ésta se practicaba en la Roma de los primeros dos siglos de la era cristiana. De aquí que identifique deleite con cumplimiento de un destino creado («aquello para lo cual fue hecho»). Y que este destino sólo pueda verse realizado mediante el cumplimiento de un deber moral («profesar buena voluntad al prójimo» y «sobreponerse a las urgencias de sus sentidos»), de un deber ético («distinguir entre las apariencias y las realidades») y de un deber cognoscitivo («estudiar la naturaleza universal y su funcionamiento»).

En esta meditación, la vida armoniosa se reduce a una ética y una moral en la que el ser humano es instrumento de un destino cuya culminación depende justamente del estricto ejercicio del deber. Y este deber está en perfecta concordancia con la naturaleza humana, a la cual obviamente no le ha sido dado ni el conocimiento espontaneo de las realidades en relación con las apariencias, ni el espontaneo amor por el prójimo, ni la espontanea capacidad de subordinar las pasiones mundanas al buen juicio, ni el conocimiento del funcionamiento de la naturaleza. Todo esto debe adquirirlo mediante el ejercicio del deber para así cumplir su destino, es decir, hacer aquello para lo que fue hecho, de lo cual deriva su verdadero deleite.

En otras palabras, el ser humano tiene que forjarse a sí mismo —mediante su práctica humana— como aquello que está destinado a ser. Lo cual implica que el destino depende de nuestros esfuerzos de auto construcción y que puede o no cumplirse, puede o no convertirse en algo cumplido a medias o no cumplido del todo. Esta posibilidad de ganarse o perderse para consigo mismo constituye el espacio de la libertad humana y del libre albedrío. El destino es, pues, en esta línea de pensamiento, del todo potencial. Su cumplimiento depende de la praxis. Una praxis individual y social que, en el caso de Marco Aurelio, lo llevó al mando militar y al poder político, en cuya soledad encontró el espacio para meditar y escribir sus reflexiones.

Puede decirse en más de un sentido que estas meditaciones influyen el pensamiento cristiano del Medievo. Pero como fueron escritas más de 200 años antes que las influyentes Confesiones de San Agustín, todavía tienen ese fuerte tono individualista del pensamiento de la antigüedad, que no se diluye ni se masifica en la obediencia a la posterior institucionalidad y poder de la Iglesia, y menos en las constantes y temerosas declaraciones de fe que saturan los escritos del mencionado santo africano y Las Moradas de Santa Teresa de Ávila, por ejemplo, escritas ya en el siglo XVI. Las Meditaciones de Marco Aurelio son, a la vez, un ejemplo de rigurosidad ética y de soltura individual. Una soltura que el catolicismo institucional de la Edad Media metódicamente pulveriza en sus teólogos y que solamente en el Renacimiento, y mediante artificios ingeniosos, logran remontar algunos de sus más inteligentes cultores. No hay nada peor que una preceptiva ético-moral prefabricada según intereses grupales, sectoriales e institucionales, ya sea de tipo racial, etnocultural, nacional o religioso. El seguidismo acrítico, el adocenamiento fácil, el rebañismo dócil convierten a los piadosos fieles en ejércitos de fanáticos dispuestos al linchamiento de «infieles» en nombre de los más altos valores humanos. Y esto ocurre tanto en la política como en la religión, la ciencia, las ideologías, el arte y la literatura. Los fundamentalismos buscan precisamente crear seres mecánicos que obedezcan órdenes sin detenerse a meditar —al contrario de Marco Aurelio— en lo que uno libremente debe hacer para auto construirse como un ser humano a la altura de su destino.

Publicado en octubre de 2003 – en Siglo Veintiuno

Admin Cony Morales