Una lectora me pide que explique qué propongo yo en lugar de la cooperación internacional, en vista de que mis críticas a sus gestiones «políticamente correctas» parecen negar su razón de ser. He abordado este asunto varias veces explicando que incurriría en una generalización improcedente si condenara como inútiles y «políticamente correctos» a absolutamente todos los programas de cooperación internacional e individuos que laboran en ella. Siempre hay excepciones que confirman la regla.
Lo que pasa es que el problema, en este caso, es justamente la regla, que puede resumirse en tres puntos suscintos, así: 1). Los objetivos de la cooperación internacional y sus redes de oenegés no se cumplen en su mayoría y el grueso de los fondos asignados se diluyen en salarios de la burocracia internacional y local. 2). Los burócratas internacionales operan en un vacío que sólo ellos conocen, el cual se origina en la fractura de comunicación que existe entre las necesidades políticas e ideológicas internas de los países donantes y las de los recipiendarios; vacío que es llenado por las ideologías «progres» de buena cantidad de burócratas que alguna vez militaron en partidos socialistas en sus países de origen, la cual aplican a menudo en forma mecánica en los países recipiendarios, a cuya «sociedad civil» tratan como a un conglomerado de mendigos ineptos. 3). Los burócratas locales se especializan en elaborar complacientes proyectos que cumplen formalistamente con la retórica ideológica de las burocracias internacionales, a fin de que éstas puedan mostrar en los países donantes la «coherencia» de los programas de asistencia, pero estos proyectos se apegan más a aquellas necesidades retóricas de los donantes que a las reales de las comunidades recipiendarias y en consecuencia los problemas de éstas no sólo no se alivian sino que a menudo ni siquiera son atacados, resultando todo en la difuminación de los fondos en salarios y gastos de representación de la burocracia local, tan afecta a organizar recepciones en hoteles de cinco estrellas para publicitar los resultados «teóricos» de su gestión.
Repito que caería en una generalización grosera al adjudicar esta regla absolutamente a todos los programas y agencias de cooperación internacional y a todas las oenegés, sin embargo, no es descabellado afirmar que la regla se aplica a la mayoría de ellas, las cuales, además, operan según la ideología conductista y puritana de la «corrección política», una de cuyas mentiras más socorridas es la de la tolerancia absoluta hacia todas las diferencias humanas (tema que traté en mi artículo anterior y que motivó la carta de la lectora a quien estoy respondiendo ahora).
De hecho, el problema inicia en los vacíos de conocimiento mutuo que existen entre los intereses internos de los países donantes (que provocan la erogación de fondos de ayuda internacional) y las necesidades concretas de los recipiendarios. En el plano burocrático, este vacío es rellenado por las balsámicas ideologías «políticamente correctas» de muchos burócratas internacionales y por el oportunismo mimético de muchos burócratas locales que, necesitados de sustento, complacen a estas ideologías elaborando proyectos al gusto del cliente para captar los financiamientos. La problemática que se quiere remediar o por lo menos aliviar queda, en este esquema paralizante, intacta, haciendo de la gestión de cooperación internacional un gran fuego fatuo que sólo soluciona el problema de supervivencia de capas medias con gustos y aspiraciones acomodaticias y altos niveles de consumo aburguesado. Esto, así como la inocuidad de su acción burocrática, le ha sido señalado varias veces a programas de Naciones Unidas, sobre todo a los que asisten a la niñez del tercer mundo.
No se trata de abolir la cooperación internacional ni de rechazarla, pero sí de normarla desde el Estado donante y desde el recipiendario con criterios prácticos de interés mutuo. Así se llenarían racionalmente los vacíos que propician tanto el parasitismo burocrático internacional como el oportunismo ocioso local, y quizás la cooperación entre naciones superaría esa insufrible dialéctica de beneficencia y servidumbre moralistas que a menudo causa más problemas que soluciones.
diciembre 2003 — en Siglo Veintiuno
Admin Cony Morales