El papel de las universidades públicas mesoamericanas en el desarrollo del siglo XXI

Conferencia inaugural del Foro Regional de Rectores México-Centroamérica, 11 de marzo de 2020, Instituto Cultural de México, Auditorio Luis Cardoza y Aragón.

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La geoestrategia en lo global, lo local y lo “glocal”

Para pensar la universidad pública en el siglo XXI hace falta primero caracterizar en lo económico y en lo cultural la época en que vivimos, pues la educación pública superior está siempre inmersa en el vaivén político del Estado y, éste, se halla por lo regular vinculado a los movimientos geoestratégicos que realizan las grandes potencias, así como a las políticas regionales asignadas por el poder global a sus periferias. Estas relaciones crean dialécticas necesarias de ser elucidadas para realizar cambios en el quehacer educativo y cultural regional, puesto que aún estamos lejos de disfrutar de autodeterminaciones nacionales y, por el contrario, vivimos dinámicas locales del todo sujetas a los movimientos de los poderes globalizados en nuestro actual mundo tripolar. Tratemos, por tanto, de caracterizar nuestro momento histórico planetario para luego analizar lo que nuestras universidades públicas necesitan hacer para contribuir a mejorar su visión y su misión en la realidad mundial que nos toca vivir.

En un primer mundo caracterizado por la pugna entre dos formas de acumulación de capital, en la que el predominante capital financiero especulador se enfrenta a la propuesta de productividad física de bienes, y esto condiciona divisiones geoestratégicas como la de China-Rusia (por un lado) y Estados Unidos (por el otro), o la de fracciones internas de los partidos estadounidenses Demócrata y Republicano; entre globalizadores y nacionalistas, entre el complejo militar-industrial estadounidense y las industrias no basadas en la acumulación armamentista y energética-extraccionista, las repercusiones que estas dinámicas globales tienen en el tercer mundo, en especial en América Latina, condicionan pensar la universidad en nuestras latitudes en términos (no de imitación seguidista de modelos educativos que responden a necesidades de acumulación de las potencias de la conflictiva tripolaridad que rige el mundo, sino en razón de las conveniencias locales y tomando en cuenta nuestra carencia de autodeterminaciones regionales y nacionales, y nuestra dependencia de los vaivenes de la dinámica geopolítica.

El capital transnacional financiero-especulativo nos tiene todavía sumidos en las consecuencias de la crisis del 2008, cuando la élite financierista de Wall Street, la City de Londres y la banca Rothschild decidió paliar la crisis a costa de la población más afectada por la burbuja inmobiliaria y de los ahorrantes con menos capital. La lógica financiera de estas élites es la misma que hace de las guerras el necesario estímulo para el mercado global de armamento, del despoblamiento sistemático del planeta la falsa solución al crecimiento demográfico, y del alarmismo mediático (basado en el deterioro ecológico y en el incremento de los rentabilísimos rubros empresariales del terrorismo, el narcotráfico y la corrupción pública) la supuesta peor amenaza para la humanidad. Todo lo cual justifica enormes gastos en seguridad, la instauración de Estados policíacos y la entronización de democracias militarizadas.

El mundo se debate hoy entre continuar con la acumulación improductiva de capital ―basada en la especulación financiera― y la propuesta china de una economía mundial basada en autónomas productividades nacionales y regionales, vinculadas mediante un proyecto global cooperativo llamado la Ruta de la Seda, en alusión a la antigua red comercial que vinculó a Asia con África y, eventualmente, con Europa, todo lo cual se basa en la productividad física y empieza con la construcción de una red terrestre, marítima y aérea de intercambios de productos, fuerza de trabajo, explotación racional de recursos y plantas industriales. Pero para que este proyecto funcione, dice China, Estados Unidos debe unirse a él en cooperación con ella y con Rusia, a fin de involucrar a todas sus áreas de influencia en la productividad material, superando así el capitalismo financiero-especulador y sus crisis periódicas. Las guerras dejarían así de ser el medio obligado para estimular mercados de armamento a fin de extraer por la fuerza los minerales de uso estratégico, que es la lógica que rige a la política que desató la invasión a Irak, la guerra contra Venezuela y la conversión del neoliberalismo en neofascismo, tal como se observa notoriamente en el caso de Brasil, y que también rige las divisiones actuales al interior de los partidos Demócrata y Republicano en Estados Unidos. Una división que a su vez determina las dinámicas políticas locales en, por ejemplo, el caso de la fluctuante y hoy desaparecida Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), la cual tuvo su auge gracias a los auspicios del ala demócrata ligada al armamentismo y representada por los Clinton y por Obama, y experimentó su debilitamiento y desaparición a causa de la toma del poder por parte de la ultraderechista ala trumpista del Partido Republicano, ligada a rubros de acumulación escasamente vinculados a la industria armamentista y energética e interesada en fomentar la productividad nacional estadounidense por parte de otros capitales corporativos. Lo global condiciona lo local. Por eso, es necesario buscar soluciones “glocales” enfocadas en las necesidades de desarrollo local, y pugnar por un mundo de productividad física y de cooperación con desarrollos materiales locales, inevitablemente ligados a las dinámicas de las potencias de la tripolaridad pero, en la medida de lo posible, desvinculadas de la oligarquía financiera global, que constituye más o menos el 0.8 por ciento de la humanidad y controla cerca del 70 por ciento de la riqueza del mundo. Esta hiperconcentración de la riqueza se vería en parte desmantelada por un proyecto global con desarrollos locales autónomos y, en consecuencia, el hecho de pensar la cultura y la educación superior sería una tarea distinta de la de imitar mecánicamente lo que se hace en cualquiera de las potencias de la tripolaridad. Sería un ejercicio más libre del criterio y de la creatividad, y se podría con ello allanar el camino hacia una “creación heroica” en materia educativa, como Mariátegui propuso que fuera la revolución de los sectores populares y de los indígenas latinoamericanos en el siglo XX.

La cultura y la educación en lo global, lo local y lo “glocal”

Aunque se arguye que vivimos una era posrevolucionaria porque el sujeto del cambio ha sido desactivado por medio del entretenimiento banal compulsivo y por la minuciosa sustitución del código letrado por el audiovisual en la cultura, los medios masivos y la educación formal, América Latina ve surgir las luchas de los pueblos marginados por la lógica del mercado y a sus sujetos retornar a las trincheras después de ser derrotados. Esto indica que el sujeto del cambio actual brota en la periferia de la influencia mediática audiovisual, en donde (no es que su influencia no esté presente, sino que) disminuye por las inhumanas condiciones sociales en que la gente vive, y eso la vacuna contra los sueños de opio de la publicidad y el mercadeo, los cuales se contemplan como imposibilidades materiales. Cuando la formación política crítica y radical prende en esta conciencia popular, los movimientos campesinos crecen y otros sectores populares se contagian ante la posibilidad de llegar a ejercer el poder político en favor de todos y no sólo de las élites.

Pensar la universidad pública en estas circunstancias de “glocalidad” implica tener claro que a la posmodernidad económica se le llama neoliberalismo. Y que el neoliberalismo es un capitalismo antiliberal porque en lugar de prohibir los monopolios y fomentar la productividad física (como propone el liberalismo), centra la acumulación de capital en los monopolios (no ponderando la productividad física, sino) estimulando la especulación financiera y la fabricación de armas y de medicamentos químicos (que al curar enferman y despueblan), así como la extracción de minerales estratégicos, lo cual constituye la excusa para promover la condición básica para que se expanda el mercado global de la industria armamentista y energética: las guerras. También hay que tener claro que a la posmodernidad cultural se le llama multiculturalismo, y que éste sirve para fragmentar la conciencia y la percepción de lo real en una humanidad manipulada por los medios masivos y la interconexión, a fin de crear referentes individualistas que preserven esa fragmentariedad, como ocurre con las reivindicaciones particulares que obvian la clase social (la cual es el elemento diferenciador que históricamente ha potenciado y potencia las dinámicas humanas), razón por la que ahora las ciencias sociales repudian la totalidad como objeto de estudio y se centran en especificidades, fragmentando así la percepción de lo concreto para que la clase social se obvie y la gente pelee entre sí por diferencias particulares asumidas de modo culturalista y no estructural.

El resultado de la posmodernidad neoliberal culturalista es un poder hiperconcentrado en la ya mencionada oligarquía global, que es la que quita y pone gobiernos en el mundo usando el culturalismo para perpetrar golpes de Estado blandos, revoluciones de colores y luchas que son inocuas porque fingen oponerse a rubros empresariales altamente rentables. Es el caso de las luchas contra la corrupción, el narcotráfico y el terrorismo, con cuyo simulacro la masa vive la ilusión de que “participa en política”. Esto lo logra el neoliberalismo usando tácticas separadoras como la oenegización culturalista (que anula el poder transformador de la lucha de clases), las desnacionalizaciones de la productividad y las migraciones (que uniformizan la cultura globalizando los consumos), los separatismos geopolíticos (que diezman en lo económico a las naciones), las ideologías de género (que hacen parte de políticas de despoblamiento y que nada tienen que ver con el feminismo y los derechos de la diversidad sexual), los esencialismos étnicos (que promueven superiorismos culturalistas), los fundamentalismos religiosos (que hacen a los creyentes matarse entre sí por Dios) y el entretenimiento banal (que nos distrae de todo presentándolo como espectáculo). Sin tener todo esto claro, pensar la educación pública superior resultaría el ejercicio ocioso de un nebuloso deber-ser despegado de lo social y de lo individual-concreto.

Pensar la educación pública superior en el mundo del siglo XXI

Ante el afán de pensar la educación pública superior en un mundo como el descrito hasta ahora, tenemos que tener en cuenta que la posmodernidad y el posmodernismo constituyen, como decía Fredrick Jameson, la lógica cultural del capitalismo reciente, y saber que una lógica cultural es el conjunto de procedimientos que sirven para reproducir en la conciencia de la gente los valores que mantienen a flote un sistema económico y político determinado; es decir, un particular ejercicio del poder. La educación como parte de una lógica cultural sistémica tiene que obedecer, pues, a los intereses que propician el sistema de marras y consolidar lo que Gramsci llamaba hegemonía cultural, la cual no es otra cosa que el conjunto de mecanismos por medio de los cuales un grupo dominante se las arregla para que los conglomerados por él dominados abracen su código de valores, cuando éste no conviene a los intereses materiales ni espirituales de los dominados. Es el caso de las independencias y los proyectos de nación de los criollos latinoamericanos, los cuales convinieron sólo a sus intereses particulares pero, mediante los imaginarios patrióticos y otros mecanismos ideológicos, estos criollos se las arreglaron para que los indígenas y mestizos, siervos coloniales, abrazaran la idea de “libertad” que sólo lo fue para los criollos, y así, hoy, los pueblos latinoamericanos los hacen suyos como si de verdad la gesta independentista los hubiera liberado de la servidumbre de la tierra.

La posmodernidad, como sustitución del objeto de estudio de las totalidades por las particularidades inconexas, yuxtapuestas, fragmentadas y centradas en criterios culturalistas, ha dado origen a un tipo de educación ecléctica en la que cada tendencia, escuela o criterio tienen el mismo peso, borrando así de un plumazo las jerarquías que el pensamiento establece en su desarrollo histórico relacionado con el movimiento de lo social-concreto. El culturalismo, como un criterio que obvia el criterio de la clase social para definir y explicar comportamientos individuales y colectivos en lo psicológico y lo político, se enseñorea así de las ciencias sociales, las cuales renuncian a explicar totalidades y se pierden en las valoraciones de grupos cuyos comportamientos vienen explicados en razón de la agenda sistémica internacional de la corrección política, la acción afirmativa y otras formas de paternalismo que, lejos de solucionar el problema de la opresión, la explotación y la manipulación mediática de la conducta de las masas, las distrae mediante luchas cuyas agendas fortalecen el sistema que dicen combatir, dándole al mismo una imagen democrática cuando en realidad se trata de un sistema que produce pobres, migrantes y delincuentes, y que apela a la lucha contra la corrupción y a la seguridad interna para solucionar los resultados del monopolismo oligárquico y su servidumbre ante el capital financiero transnacional.

La posmodernidad y el posmodernismo como lógica cultural de un sistema que ha llevado al mundo al desastre ecológico, a políticas de despoblamiento mediante enfermedades creadas en laboratorio, a las guerras como forma privilegiada de producción de riqueza y al financierismo como alma de la banca transnacional (la cual colapsaría en un día sin el narcodinero), debe ser sustituida por una lógica cultural que fomente la capacidad analítica que solamente proporciona el ejercicio del pensamiento crítico, mediante reformas universitarias que adecúen la educación superior a las necesidades de un mundo basado en la cooperación productiva física y en los desarrollos regionales y nacionales autónomos aunque vinculados al proyecto tripolar que daría al traste con la globalización en clave neoliberal, basada en el extraccionismo, el guerrerismo, el despoblamiento y la hiperconcentración del capital corporativo.

Para evitar que los pueblos sean objeto de la teoría de la acción política no-violenta, de Gene Sharp, consistente en la puesta en práctica de las guerras de quinta generación mediante tácticas como los golpes de Estado blandos acompañados de revoluciones de colores dirigidas desde netcenters multitudinarios e inocuas luchas contra la corrupción, la educación superior pública debe fomentar una criticidad que le haga entender al estudiantado que los movimientos sociales meticulosamente financiados no son espontáneos sino manipulados, y que los presidentes que renuncian mediante movilizaciones de juventudes urbanas interconectadas, lo hacen porque previamente han sido objeto de golpes de Estado blandos, casi siempre vinculados a actos de corrupción pública. También, que la única lucha contra la corrupción que de verdad impide que los corruptos capturados sean sustituidos por más corruptos, no consiste en encarcelar a algunos y en dejar libres a muchos otros, sino en desvincular, como ha dicho y hecho López Obrador, a la élite económica corruptora del manejo del Estado. Medidas cognitivas como esta desmantelan los resultados de las guerras de quinta generación y hacen del sujeto social (no un sujeto manipulado, sino) un sujeto con criterio propio, crítico y radical (porque es capaz de ir a la raíz de los problemas) que se explica lo real-concreto y que no se queda con la versión mediática de ello. Un sujeto crítico, producido por una educación crítica y radical, está por encima de la posverdad y del simulacro como sustitutos del hecho social concreto, el cual es, en última instancia, el más confiable referente de veracidad. Porque aunque Nietzsche haya dicho con razón que no hay hechos, sino sólo versiones de los hechos (debido a que somos nosotros quienes los relatamos y por ello siempre damos nuestra versión de lo Real con mayúscula, al cual Lacan considero innombrable), los hechos ocurren, y el mejor acercamiento cognitivo a ellos a fin de dar versiones de los mismos lo más fidedignas posible, es el que se hace mediante la criticidad histórica que busca ser veraz ubicando el hecho en sus determinaciones, sus desarrollos y sus transformaciones en otros hechos y otros procesos.

El papel de la universidad pública actual

La educación pública superior en nuestra región necesita responder críticamente al mundo en el que vivimos, tanto en lo global como en lo local. No se trata de posicionar a nuestras universidades a favor o en contra de ninguna de las potencias que conforman la conflictiva tripolaridad mundial, pues la experiencia de la guerra fría debe ser más que suficiente como para advertirnos de los riesgos que corremos ante posturas como estas. Se trata de ubicar los objetivos de nuestras modificaciones o reformas universitarias en las necesidades que a nuestros países les plantean los movimientos geoestratégicos de las potencias, puesto que ese movimiento le marca el paso a todo lo que se hace en los planos locales, querámoslo o no.

En tal sentido, nuestras universidades necesitan reposicionar el código letrado en el lugar central del quehacer educativo y volver a hacer del código audiovisual el mejor auxiliar del letrado y no su sustituto. Se estaría evitando así la atrofia que el consumo compulsivo del código audiovisual, sobre todo en clave de entretención banal, causa en las habilidades imprescindibles para descodificar el código letrado, es decir, para leer y escribir. Estas habilidades son las de analizar, sintetizar, concluir y proponer, además de la atención y la memoria, puesto que leer implica realizar un esfuerzo intencional para comprender el significado de las palabras, las frases y los párrafos, los cuales van siempre unos detrás de los otros y no acusan la simultaneidad de la imagen, el sonido, la luz y los montajes vertiginosos. La atrofia de las habilidades necesarias para descodificar el código letrado se ha manifestado en un intelicidio o asesinato de la inteligencia letrada en todo el mundo. Esto debe ser revertido en nuestras universidades mediante el fomento del pensamiento crítico, el cual, como se sabe se concretiza en la capacidad de hacer análisis (o de descomponer el objeto de estudio en las partes que lo integran y que lo hacen ser lo que es y funcionar como funciona), la de hacer síntesis (o de recomponer las partes en un todo explicativo de por qué el objeto de estudio es lo que es y funciona como funciona), la de llegar a conclusiones y, de ellas, formular propuestas de solución a los problemas prácticos que nos han llevado al análisis en primer lugar.

El pensamiento crítico responde igualmente a tres ejes básicos que son: el eje histórico, que nos obliga a considerar nuestro objeto de estudio como un proceso con causas, desarrollos, consecuencias y transformación en otros objetos de estudio; el eje radical, que implica la capacidad de ir a la raíz causal de las problemáticas que constituyen el objeto de estudio; y el eje crítico, que implica ―en el sentido en el que Martí definió la crítica como “el ejercicio del criterio”― forjar en quien analiza las capacidades que lo lleven a construirse un criterio propio y no un criterio reflejo del del profesor, el político, el líder religioso o del criterio manipulado de las masas interconectadas por el entretenimiento en clave banal.

En tal sentido, la necesidad de innovar tecnológicamente la educación científica en nuestras universidades, no debe traducirse en un descuido lamentable de la formación social y humanística de los profesionales de la ciencia y la tecnología, incapaces de comprender la función social de la literatura, el arte y las ciencias sociales, ensimismados como pueden quedar por un unilateral conocimiento especializado, incapacitado para desarrollar la habilidad relacional que el pensamiento crítico requiere para llegar a la comprensión de la naturaleza exacta de todos los problemas humanos como encrucijadas de totalidades y particularidades. Nuestros graduados no sólo deben tener habilidades y ser competentes en su campo, sino, sobre todo, comprender el lugar que su especialidad ocupa en el marco de la problemática general y particular de su sociedad, y cómo ésta se relaciona con las problemáticas del mundo. De lo contrario, estaríamos formando profesionales incapaces de explicarse la realidad en la que desarrollan su actividad científica, y la proyección social de su trabajo sería escasa o nula. Es necesario volver al estudio de las totalidades cognitivas y, en ese marco, estudiar con el debido detenimiento las particularidades como elementos relativos al funcionamiento de esas totalidades.

La comprensión de la lógica del mercado (no como market place, sino) como criterio organizador de la vida objetiva y subjetiva de la humanidad en el mundo actual, necesita ser comprendida por los científicos y tecnócratas universitarios. De lo contrario, serán incapaces de entender por qué, para qué y para quiénes realizan su trabajo. Esta comprensión los haría entrar en contacto con la necesidad de educar a todos y no sólo a las élites para que gobiernen sobre una humanidad manipulada por los medios masivos, las modas pedagógicas y el trabajo enajenado.

Educar a todos es ―más que un ideal liberal del pasado― una necesidad en las luchas por la democratización de nuestras sociedades. Pues el ideal del ciudadano que fiscaliza a sus funcionarios públicos y al Estado, pasa por el hecho de que ese ciudadano es un ser formado intelectual y científicamente por la educación pública laica, gratuita y obligatoria, y es por ello un individuo culto, capaz de comprender que la soberanía reside en él y no en los gobernantes, los cuales han sido elegidos por él y por eso él tiene la capacidad, el derecho y el deber de fiscalizar su conducta pública.

Nuestras universidades deben, en suma, centrar su atención en los sectores populares de la sociedad, a fin de forjar en su seno estamentos de intelectuales y profesionales críticos, contradiciendo así el ideal neoliberal de educar a las élites para gobernar y a las masas enseñarles oficios mediante metodologías divertidas y lúdicas de enseñanza mecánica. Es imprescindible que el pueblo comprenda la relación de jerarquía que debe existir entre el Mercado y el Estado para a su vez entender, por ejemplo, la razón de la (en nuestro caso constitucional) prohibición de monopolios, y para comprender las causas de que el sistema económico esté, en el caso guatemalteco, colapsado y deba recurrir a las remesas de los emigrantes para mantener a flote nuestra economía de la miseria.

Nuestras universidades deben constituirse en la lúcida conciencia crítica y moral de nuestras sociedades, proponiéndole al Estado proyectos de desarrollo material físico, humanizados mediante condiciones laborarles dignas. En tal sentido, nuestro deber moral es defender y expandir la educación pública luchando (de nuevo, en nuestro caso particular guatemalteco) por el constitucional presupuesto universitario hoy reducido arbitrariamente por los gobiernos más recientes.

Si bien nuestras universidades necesitan ocuparse de problemáticas como la de la interculturalidad, las luchas de las mujeres y las de la diversidad sexual, así como de otras que son impulsadas por Naciones Unidas y la cooperación internacional, lo deben hacer anteponiendo el pensamiento crítico a los culturalismos que no sólo han logrado anular en la conciencia de las intelectualidades urbanas los criterios de clase social para explicarse los movimientos sociales ―sustituyéndolos por criterios culturalistas inocuos y activismos esencialistas―, sino que han logrado disfrazar de conocimiento científico lo que no pasa de ser expresión de subjetividades que, con gran sentido de la oportunidad, han sustituido a la sociedad civil con constelaciones de oenegés, y el conocimiento científico-crítico con toda suerte de moralismos políticamente correctos, puritanos y conductistas.

Ante semejante agresión contra el pensamiento científico, nuestras universidades deben actuar incrementando la excelencia académica y la calidad educativa, poniendo en el centro de sus reformas al pensamiento crítico como obligada práctica docente, de investigación y de servicio. La capacitación docente en la criticidad es una de las prioridades básicas de nuestras universidades en este momento, tal como lo es la promoción de un estudiantado crítico y radical respecto de este mundo de la posverdad, el simulacro y la manipulación mediática que pretende tragarse a nuestras universidades mediante la lógica del Mercado y las modas pedagógicas a-críticas.

En este sentido, la autonomía académica debe prevalecer en relación al gobierno administrativo-financiero, pues un quehacer cognitivo sujeto políticamente a la camisa de fuerza del financiamiento, se desvirtúa en su necesaria esencia libre y creadora para pasar a ser una actividad subsidiaria del poder y, por tanto, académicamente mediocre. Por su parte, la calidad en la docencia y la investigación deben ser el eje del quehacer de la autonomía académica. Esta calidad puede medirse en razón del desarrollo de la innovación científica y tecnológica al servicio de la solución de problemas sociales como el de la pobreza, la desnutrición y la inseguridad ciudadana, así como de la catástrofe ambiental local y global. La autonomía universitaria ―el mayor patrimonio de las universidades públicas― y la libertad de cátedra deben estar al servicio del incremento de la excelencia académica enfocada hacia el servicio social para los pueblos a los que las universidades públicas se deben.

Esto es sólo parte de lo que las acciones de la universidad pública necesitan abordar para responder con consecuencia moral y pertinencia académica a los tiempos que corren. Sin duda, mucho más se puede decir de esta problemática. Pero, por el momento, este es mi pequeño aporte a tan grande discusión.

Sin el menor deseo de ser exhaustivo, plasmo ahora estas inquietudes acerca de lo que nuestras universidades públicas necesitan hacer para enfrentar los tiempos que corren. Se trata sólo de un criterio individual. Serán las autoridades universitarias las que sabrán tomar y desechar lo útil y lo inútil de ellas. A mí sólo me queda esperar que las decisiones que esas autoridades tomen sean las más adecuadas para coadyuvar a que nuestros pueblos alcancen un mayor nivel de bienestar material y de dignidad humana, que mucho lo necesitan y lo merecen.

Que así sea.

 

Guatemala, 7 y 8 de marzo de 2020.