Por una estrategia de democratización popular continental

Se trata pues de que optemos por hacer lo que corresponde en cada uno de nuestros países para contribuir a una estrategia de democratización popular continental.

MRM foto de Uli Stelzner

En un acto de solidaridad con Venezuela, hace varios meses, José Mujica dijo de nuestros países que tenemos derecho a “Llevar nuestro destino en el acierto o en el error”.

Con esto admitía que el gobierno venezolano ha cometido errores. Y cómo no los va a cometer ante el acoso al que está sometido. Y hablando de quienes le exigen “democracia”, “libertades” y “paz” a la Revolución Bolivariana, exclamó que “No se puede entender por qué le piden cuentas a Venezuela cuando en las Naciones Unidas hay un montón de países que tienen muchos más pedidos por derechos humanos, empezando por EEUU, que es el que tiene récord.” También dijo ―en palabras parecidas― que no era este el momento de contarle las costillas a los gobiernos de izquierda, sino de cerrar filas contra la agresión geopolítica. La cual, como se sabe, desde inicios del nuevo milenio se deshace de gobiernos inconvenientes (no importa si son de izquierda o de derecha) mediante “revoluciones de colores” que “legitiman” “golpes de Estado blandos”, usando para ello la “lucha contra la corrupción”. Después del 2015, cuando esto se ensayó con éxito en Guatemala, de inmediato se puso en práctica en Argentina y Brasil. Y en Venezuela se pasó de la “revolución de color” al terrorismo guarimbero. Pero el pueblo y el gobierno triunfaron y aprobaron una nueva Constitución bolivariana y popular.

Después le tocó el turno a Ecuador, en donde Rafael Correa fue criminalizado gracias al traidor Lenin Moreno, y a Nicaragua, en donde el FMI le exigió a Ortega una infame medida de ajuste que él ―sumisamente― obedeció. Este fue el pretexto para azuzar la protesta manipulada y poner en práctica allí el guion de Guatemala, Argentina y Brasil, y también para que ese otro asqueroso traidor, Luis Almagro, acosara desde la OEA a Nicaragua, tal como lo venía haciendo con Venezuela. Y así, la gente fue convocada por netcenters en Managua y otros lugares, y salió a la calle en eufórica “revolución de color” clamando contra las injusticias del maligno de Ortega y de su bruja malvada. El coro del mainstream mediático provocó la inmediata solidaridad sentimental de las progresías de izquierda y derecha del mundo para con la “indignación” nicaragüense, de modo que sólo la tenaz movilización popular pudo parar el golpe de Estado.

Que el gobierno de Ortega ya no expresa el sandinismo de los años 80, es evidente. Y que gran parte de los señalamientos que le hacen tienen fundamento, no se discute. Pero de eso a contribuir a derrocarlo para que en su lugar quede un neoliberal o un sandinista rosado, y se concrete así el plan geopolítico regional de ampliar el Triángulo Norte e impedir que se construya el canal interocéanico chino, hay un gran trecho. Que el Estado reprimió a los manifestantes guarimberos, también es cierto y esto fue un error político cruel. Pero hay que tomar en cuenta que tampoco las guarimbas son un hecho pacífico y que están orquestadas por servicios internacionales de inteligencia civil y militar. El hecho es que éstas fueron derrotadas por el gobierno y el pueblo nicaragüenses y que el plan geopolítico falló, como en Venezuela.

Bolivia, por su parte, ha sido, hasta ahora, gloriosamente inexpugnable gracias a Evo, y constituye un paradigma de cambio que no ha permitido que la geopolítica se infiltre en su organización plurinacional-popular.

El dilema sobre Nicaragua es si defendemos “la democracia”, “la libertad” y “la paz” en abstracto, o si tomamos decisiones políticas basadas en las relaciones de poder, preguntándonos qué le conviene más a la América Latina: un Temer, un Macri, un Bolsonaro o un Lenin Moreno nica, o el sandinismo devaluado de Ortega y Murillo que sin duda debe superarse, pero sin presiones geopolíticas para hacer valer el interés del financierismo globalista neoliberal. Da por ello náusea ver a legiones de biempensantes ―que además son serviles oenegeros a sueldo de la AID, la USAID, Soros y otros globalistas― arremeter contra el gobierno nica en nombre de los más altos ideales del liberalismo y el progresismo “de izquierda”. Y en esto, rastreramente, se incluyen las claudicantes izquierdas guatemaltecas de todos los tonos rosa, junto a las derechas “progres” de discreto y tenue color lila, ambas obedientes a su omnipotente “dios-Nisio”. Se trata de las mismas huestes oenegeras izquierdoderechistas que han sido ungidas por la geopolítica para gobernar Guatemala a partir del 2019.

Ante esto y ante la opción también abiertamente oligárquica de derecha ultramontana del arzuismo anticomunista, la única esperanza guatemalteca es el Movimiento para la Liberación de los Pueblos (MLP), que propone un Estado Plurinacional y multiclasista ajeno a la geopolítica, a la “nueva política” neoliberal, a la partidocracia tradicional, al izquierdoderechismo de la restauración oligárquica y a la dominación de la cooperación internacional y la oenegización de los movimientos populares.

En Centroamérica no se trata de desafiar a Estados Unidos con bravuconadas. Se trata de que nuestros países forjen a un interlocutor alternativo capaz de negociar con ese país las consecuencias de sus planes geopolíticos extractivistas desde una plena soberanía, autonomía y libertad nacionales. No que tengamos que “enmendar” los errores de gobiernos de izquierda con más dictaduras neoliberales, ni que sigamos trágicamente sometidos al arrasamiento del capital financiero global sin chistar. Esto es lo que convenientemente olvida el izquierdoderechismo biempensante rosalila. Pues ya olvidó también el chasco del 2015 en Guatemala y por eso ahora lo clama para Nicaragua. Lo que no olvida son los financiamientos neoliberales para sus luchas por la “justicia” (la lawfare del financierismo globalista de Soros y Cía.). Eso, jamás.

En Nicaragua tampoco se trata –como aseguran los biempensantes que afirmamos quienes defendemos a ese país de los planes geopolíticos– de la idiotez de optar por “el menos peor” (hablando de Ortega). Se trata de tomar decisiones tácticas congruentes con una estrategia de democratización popular continental, sobre todo ahora que en México AMLO luchará contra la corrupción no mediante el simulacro de justicia que implica meter a la cárcel a unos cuantos dejando libres a muchos otros, como en Guatemala, sino separando del Estado al poder económico de la oligarquía mexicana: algo impensable para las derrotadas izquierdas vendidas, para las progresías políticamente correctas “de centro” y para la facción oligarca “izquierdizada” de Guatemala. Con esto, México abrirá las puertas a una nueva era política de justicia y democracia para todos y no sólo para unos pocos, la cual resultará ejemplar e inspiradora para el Continente.

Ante este panorama regional, la alianza guatemalteca del progresismo biempensante “de izquierda” con los oportunistas millennials “sin ideología” de la “nueva política” y con la facción oligárquica “izquierdizada”, no es sino una estrambótica expresión de la posverdad y la pospolítica neoliberales. Y esto ocurre hoy en este país gracias a la compra y oenegización masiva de las izquierdas locales por parte de la cooperación internacional y, en especial, por parte de George Soros mediante sus Open Society Foundations. Irónicamente, la fuerza opositora a esta juntura de derecha posmoderna es, como dijimos, también de derecha, y se trata de la facción oligárquica fascistoide representada por el nacionalismo anticomunista, religioso, terrateniente y militarista aún liderado (post mortem) por Álvaro Arzú.

Precisamente por ello, la única fuerza capaz de sacarnos de esta situación dictatorial es el pueblo organizado en el único partido plurinacional-popular que aquí existe: el MLP.

El resto no es sino más de lo mismo; es decir, restauración oligárquica con maquillaje de “moderación de centro”, entelequia disfrazada de realpolitik, imposición travestida de democracia, cambios para que todo siga igual. En suma, se trata de la “teoría de la acción política no-violenta”, de Gene Sharp, llevada exitosamente a la práctica en este infortunado país, que sigue fungiendo (en las certeras palabras de Susanne Jonas) como sede de un renovado “plan piloto para el Continente” y como microscópico pero estratégico campo de batalla entre financieristas globalistas demócratas (Obama-Hillary-Soros-Wall Street-City de Londres) y productivistas nacionalistas republicanos (Trump con sus proteccionismos antiglobalizadores y la productividad física china y rusa).

Se trata pues de que optemos por hacer lo que corresponde en cada uno de nuestros países para contribuir a una estrategia de democratización popular continental, creando al interlocutor alternativo a las oligarquías que sea capaz de renegociar la relación Norte-Sur/Este-Oeste con Estados Unidos, Rusia y China en este mundo multipolar. Es lo que el momento histórico exige. Y, en el caso de la circunstancia guatemalteca, ese interlocutor alternativo no puede ser otro que el sujeto popular plurinacional y multiclasista organizado en el MLP. No el sujeto de las restauraciones oligárquicas disfrazadas de alianzas y convergencias de izquierdas y derechas “moderadas”, oenegizadas y políticamente correctas. Mucho menos el de las vergonzosas traiciones de las izquierdas compradas por el neoliberalismo financiero a lo que –hasta poco antes de su vergonzosa derrota por inepcia– llamaban, con pomposa retórica, su pueblo.

Publicado el: 01-12-18 ─ En: http://www.mariorobertomorales.info

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