Discurso en el 187 aniversario de la muerte del Libertador (el 17 de diciembre de 1830) ─ Mario Roberto Morales

“Este es el vértice de su praxis latinoamericanista: la unidad de pensamiento y acción revolucionaria a partir de una visión de futuro basada en las posibilidades objetivas de construirnos como un conglomerado mestizo y a la vez diferenciado en nuestros mestizajes, completamente auto-determinado, creativo, libre y, por ello, capaz de inventar un nuevo mundo que fuera ejemplo para toda la humanidad.”

Foto_03_DrMario_Roberto_MoralesPermítaseme empezar agradeciendo a la Embajada de Venezuela en Guatemala el honor que me hace al invitarme a compartir unas palabras sobre el Libertador. Especialmente en este día, cuando que se cumplen 187 años de su desaparición física y de su nacimiento a la vida perdurable del ejemplo para la lucha por la unidad y la libertad de América Latina.

En efecto, la dimensión del ejemplo es la dimensión bolivariana. Esa es la esencia combativa de ese hombre que fue vibrante centro generador de las ideas y las acciones que fundaron a la América Latina como unidad y autodeterminación posibles, deseables, urgentes, necesarias. Al hacer esto, fundó también la hondura más productiva del pensamiento latinoamericanista como expresión original nuestra, hecha por nosotros, desde nosotros y para nosotros. Con su lucha, sus ideas y su ejemplo, Bolívar inaugura una manera de ser latinoamericano que extrae su sentido no sólo del pensamiento político-filosófico ni sólo de la práctica político-militar, sino de la indisolubilidad de ambos en la magna empresa de construirnos a nosotros mismos como individuos y ciudadanías autónomas y dueñas absolutas de nuestro destino. Bolívar funda, pues, un ser y un deber-ser que serán generadores de monumentales consecuencias éticas, estéticas y políticas, las cuales cada día renuevan sus posibilidades de reproducción en los liderazgos populares que dirigen las luchas por alcanzar el ideal bolivariano: ese que no es otro que el de la humana aspiración a acceder a la creatividad personal y, por ende, a la libertad del ser social. Este es el cimiento del pensamiento latinoamericanista y, en él, crepita, con su ejemplo luminoso, la llama perenne del Libertador.

Como continente nacido a la vida moderna en calidad de territori colonizado y mestizo, no es extraño que nuestros primeros cultores occidentales hayan sido criollos. Sin embargo, el mestizaje biológico y cultural —que constituye la norma y no la excepción de nuestra diversidad étnica— hizo de la criollez y de sus patriotismos basados en la propiedad privada de vidas y haciendas, una pasión que en ciertos casos —como en los de Bolívar y Martí— se enderezó contra sus propios intereses de clase, los cuales empequeñecieron ante la grandeza y la potencia de la diversidad unitaria de nuestro Continente. Floreció, pues, en ellos, un pensamiento crítico que, dentro de los condicionantes del liberalismo económico y político, luchó por la independencia y la autonomía de nuestros pueblos. Es de su seno que surge el genio teórico y práctico, político y militar de Bolívar, soñando con una América Latina unificada y con un futuro rebosante de dignidad y soberanía para todos. Sus épicas campañas militares y sus agudas ideas vertidas en cartas y proclamas expresan este anhelo histórico—interclasista e intercultural— de lo que Martí habría de llamar, bolivarianamente, Nuestra América.

Como superación del horizonte ideológico del liberalismo y el eurocentrismo criollos, Bolívar fue capaz de extraer un pensamiento y una acción emanada de su aguda capacidad de análisis concreto de la situación concreta. Este es el vértice de su praxis latinoamericanista: la unidad de pensamiento y acción revolucionaria a partir de una visión de futuro basada en las posibilidades objetivas de construirnos como un conglomerado mestizo y a la vez diferenciado en nuestros mestizajes, completamente auto-determinado, creativo, libre y, por ello, capaz de inventar un nuevo mundo que fuera ejemplo para toda la humanidad.

 

Habiendo encarnado tan grandioso ideal y ejemplo, Bolívar se constituyó en el sol que alumbra el camino de los grandes luchadores latinoamericanos posteriores a él, empezando con Martí y siguiendo con Sandino, Farabundo, Fidel, el Che, Turcios Lima, Hugo Chávez, Evo Morales, Nicolás Maduro y tantos otros. Funda así el paso del liberalismo criollo al antiimperialismo latinoamericano, y coloca en tierra firme el cimiento del pensamiento latinoamericanista que desarrollarán después José Martí, Emiliano Zapata, José Carlos Mariátegui, el Che, Chávez y Evo, entre otros. Es el pensamiento que Martí llevará hasta los extremos de la originalidad nacida contradictoriamente del coloniaje y de la transculturación, y que culminará el Che con su internacionalismo revolucionario. Todos ellos actuaron bajo la advocación del Libertador. De modo que si es cierto que cualquier escritor latinoamericano ha de entregar cuentas a los textos precolombinos y al Quijote, también lo es que cualquier revolucionario de Nuestra América ha de rendir cuentas, tarde o temprano, a los Túpac Amaru y a Simón Bolívar.

Unidad de pensamiento y práctica, eso es lo que encarna el Libertador como ejemplo a seguir, además de que nunca echó a nadie por delante de él sino siempre instó a los demás a seguirlo. Esto es lo que hace a un hombre ejemplar, y no sólo lo que dice. Bolívar hizo. Y al hacer, fundó un pensamiento y una práctica latinoamericanistas que no existen el uno sin la otra. ¿A qué mejor filosofía de la praxis podemos aspirar los latinoamericanos? ¿A qué mejor guía que a Bolívar?

Nuestro gran latinoamericanista guatemalteco Manuel Galich, cita, en un escrito de 1967, una sentencia de Martí que resulta del todo oportuna el día de hoy. Dice el Apóstol: “No es que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos, en su hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes, en un hombre”. Esto hizo el pueblo venezolano con Bolívar. Y nos lo entregó a todos los latinoamericanos como antorcha, como llama inextinguible que alumbra el camino hacia un futuro común de autonomía y libertad. Esta llama inextinguible es el sueño y el deseo bolivarianos de unidad continental, a partir de un implacable análisis crítico de la situación histórica concreta. En su célebre Carta de Jamaica, de 1815, escribe el Libertador:

“Todavía es más difícil presentir la suerte futura del Nuevo Mundo, establecer principios sobre su política, y casi profetizar la naturaleza del gobierno que llegará a adoptar. Toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada. ¿Se podía prever, cuando el género humano se hallaba en su infancia rodeado de tanta incertidumbre, ignorancia y error, cuál sería el régimen que abrazaría para su conservación? ¿Quién se habría atrevido a decir tal nación será república o monarquía, ésta será pequeña, aquélla grande? En mi concepto, esta es la imagen de nuestra situación. Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares; nuevos en casi todas las artes y ciencias, aunque en cierto modo viejos en los usos de la sociedad civil. Yo considero el estado actual de América, como cuando desplomado el imperio romano, cada desmembración formó un sistema político, conforme a sus intereses y situación, o siguiendo la ambición particular de algunos jefes, familias o corporaciones; con esta notable diferencia, que aquellos miembros dispersos volvían a restablecer sus antiguas naciones con las alteraciones que exigían las cosas o los sucesos; mas nosotros, que apenas conservamos vestigios de lo que en otro tiempo fue, y que por otra parte no somos indios, ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento, y nuestros derechos los de  Europa, tenemos que disputar éstos a los del país, y que mantenernos en él contra la invasión de los invasores; así nos hallemos en el caso más extraordinario y complicado. No obstante que es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que América siga, me atrevo a aventurar algunas conjeturas que, desde luego, caracterizo de arbitrarias, dictadas por un deseo racional, y no por un raciocinio probable.”

Y Bolívar sigue soñando a la América del futuro sin que su deseo sustituya jamás al análisis histórico-crítico. Por eso dice más adelante:

“Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria. Aunque aspiro a la perfección del gobierno de mi patria, no puedo persuadirme que el Nuevo Mundo sea por el momento regido por una gran república; como es imposible, no me atrevo a desearlo; y menos deseo aún una monarquía universal de América, porque este proyecto sin ser útil, es también imposible. Los abusos que actualmente existen no se reformarían, y nuestra regeneración sería infructuosa. Los Estados americanos han menester de los cuidados de gobiernos paternales que curen las llagas y las heridas del despotismo y la guerra. La metrópoli, por ejemplo, sería México, que es la única que puede serlo por su poder intrínseco, sin el cual no hay metrópoli. Supongamos que fuese el Istmo de Panamá punto céntrico para todos los extremos de este vasto continente, ¿no continuarían éstos en la languidez, y aún en el desorden actual? Para que un solo gobierno dé vida, anime, ponga en acción todos los resortes de la prosperidad pública, corrija, ilustre y perfeccione al Nuevo Mundo sería necesario que tuviese las facultades de un Dios y, cuando menos, las luces y virtudes de todos los hombres.”

Bolívar, como cabeza de gobierno, tenía estas facultades. Era el único entre sus pares que las tenía. Quizá por eso, y como parte de su deseo continental, el Libertador nos incendia el alma a los bolivarianos de Centroamérica cuando dice:

“Los Estados del Istmo de Panamá hasta Guatemala formarán quizás una asociación. Esta magnífica posición entre los dos grandes mares, podrá ser con el tiempo el emporio del universo. Sus canales acortarán las distancias del mundo: estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra, como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio!”

Y por si esto fuera poco, en su alocución A los Gobiernos de las Repúblicas de Colombia, Méjico, Río de la Plata, Chile y Guatemala, expresa:

“Parece que si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado como está en el centro del globo, viendo por una parte el Asia, y por otra la África y la Europa”.

¡Gracias, Libertador, por este sueño que a los revolucionarios no nos deja dormir! ¡Gracias por el ejemplo! ¡Gracias por el legado! ¡Gracias por el coraje!

 

Quisiera terminar estas breves palabras con un oportuno panegírico que, en el mismo sentido, nuestro Miguel Ángel Asturias le hiciera en su oportunidad al Libertador. Se trata del poema “Credo”, una vigorosa transgresión del catolicismo hipócrita, escrito en el fatídico año de 1954, cuando Asturias de seguro sintió la necesidad de cobijarse bajo la gigantesca sombra de Bolívar. El poema dice así:

Credo

¡Creo en la Libertad, Madre de América,
creadora de mares dulces en la tierra,
y en Bolívar, su hijo, Señor Nuestro
que nació en Venezuela, padeció
bajo el poder español, fue combatido,
sintióse muerto sobre el Chimborazo,
resucitó a la voz de Colombia,
tocó al Eterno con sus manos
y está parado junto a Dios!

¡No nos juzgues, Bolívar, antes del día último,
porque creemos en la comunión de los hombres
que comulgan con el pueblo, sólo el pueblo
hace libres a los hombres, proclamamos
guerra a muerte y sin perdón a los tiranos,
creemos en la resurrección de los héroes
y en la vida perdurable de los que como Tú,
Libertador, no mueren, cierran los ojos y se quedan velando!

Que arda por siempre la llama del Libertador de América. Que viva su ejemplo 187 años después de su partida. Que viva su herencia más palpable del día de hoy: la Revolución Bolivariana de Venezuela, su fundador Hugo Chávez, su dirigente Nicolás Maduro y su fuerza vital: el pueblo venezolano. A todos, gracias por su ejemplo.

Nosotros, como el Libertador, ¡seguiremos velando!

Muchas gracias.

─Heredia, Costa Rica, 25 y 26 de noviembre de 2017─

 

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