EN ESTUPOR PROFUNDO ─ Decires de la chapinada irredenta

En ese país arropado bajo su cielo límpido, se confunde pues el cuándo con el dónde y el decir con el hacer. La anarquía mental y emocional que esto implica resulta quizás del efecto narcótico y adictivo del paisaje, que hace a los nativos olvidar en dónde están y cuándo llegaron, y también ―al confundir el dicho con el hecho― fundar con las palabras la única realidad que sienten como propia: la del ya mentado (narcótico, dilatado y adictivo) paisaje. Ese mismo que mantiene la psique de todos en el estado en que ―según su propio decir― se encontraba siempre el maltrecho corazón del poeta romántico José Batres Montúfar: “en estupor profundo”.

MRM_ENTREVISTA SALAZAR OCHOA

I.

En un pequeño y lejano país de ensueño, situado al sur de México, sus ocurrentes habitantes les llaman coches no a los automóviles sino a los cerdos, de modo que una expresión ―que por cierto deja muy malparadas a estas mansas cuanto utilísimas criaturas― como Ese tipo es un coche, puede significar que el interfecto es sucio, excesivo en algunas costumbres como comer o beber, o simplemente que está un poquito pasado de libras. De aquí se desprenden exclamaciones como ¡No sea coche! para exhortar a alguien a que se comporte de una manera más higiénica o a que no coma ni beba tanto. Y también apodos dudosamente cariñosos que se refieren a los gordos, como el Coche García, el Coche Pérez o el Coche Delgadillo.

Pero la palabra se adjudica también a todo aquél que manifieste con obviedad excesos en otros órdenes de la existencia, como es el caso de las ambiciones o acumulaciones desmedidas, o al que roba, hace trampas, fraudes y desfalcos, o incurre en cualquiera otra demasía imaginable. Un coche puede ser, pues, también un banquero o político corrupto, un finquero explotador o un periodista fafero (el vocablo fafa es otra de las graciosas ocurrencias de los nativos del país de marras, y significa escritos periodísticos realizados por encargo pagado, o simplemente notas de alabanza a personajes con quienes el fafero quiere estar en buenas relaciones). Un coche es entonces ―además de cualquier fulano que bote basura en las calles, que no despliegue buenos modales a la hora de comer, que no se limpie bien las uñas o los dientes, que no se bañe con regularidad o que no haga la limpieza en el ambiente en que vive―, todo aquel que ambicione más de lo que ya tiene, aunque tenga muy poco. Y, si como dijimos, a estas características se agrega la de estar medianamente gordito, el apelativo coche no se hará esperar por parte de la ciudadanía de este país, tan dada a expresarse en metáforas y también utilizando imágenes poéticas surrealistas.

¿Surrealistas? Sí. Por ejemplo ―como han hecho ver los poetas Otto Raúl González, Carlos Illescas y Augusto Monterroso―, cargar varas en paleta no es un verso inscrito en esta tendencia estética, sino una exclamación que denota llevar consigo mucho dinero. Y Tener armonía no se relaciona para nada con la música o el arte, sino que significa estar inquieto, ansioso o ser presa de la curiosidad. Por todo, en el país que nos ocupa, los coches pueden cargar varas en paleta e incluso tener mucha armonía por cualquier motivo, de tal manera que un ciudadano común y corriente puede sin querer echar al viento una imagen poética extraordinaria y decir de pronto El Coche Pérez anda con mucha armonía porque carga varas en paleta. El resto del poema podría formarse a base de otras expresiones a partir del verbo cargar, el cual es usado para todo por nuestros ciudadanos. Porque, en efecto, los habitantes de este país no llevan ni tienen ni traen ni andan, sino cargan las cosas, los sentimientos y las ideas. De allí expresiones como No cargo dinero, cargo una goma (cruda) horrible, ¿cargas pluma?, cargo una gran tristeza o cargo mucha armonía, etcétera.

Esta vocación de cargarlo todo proviene seguramente de un prolongado pasado de servidumbre colonial que todavía permea conductas individuales modernas, como las de los periodistas faferos, quienes, en franca actitud servil (de mecapal ideológico), se llenan de armonía cuando vislumbran que algún personaje o institución puede proporcionarles la dicha de cargar varas en paleta si les escriben artículos o libros pesadamente adjetivados y artificiosos en los que exageren virtudes hasta el bochorno. Estos son los coches ideológicos, a quienes debe hacerse extensiva la exhortación cívica ¡No sea coche! que se les hace a los sucios, los desmedidos y los gorditos.

no-seas-cochePor cierto, a éstos últimos deberíamos buscarles otro apodo menos desprestigiado o simplemente apelar a ellos como el Gordo García o el Gordo Delgadillo, sobre todo si se toma en cuenta que hay coches que son extremadamente flacos pero que son tan coches como el que más. Habría también que evitar llamarles coches a los cerdos, porque tampoco es justo ofender a esos nobles animalitos equiparándolos a los abyectos seres de melancólico aspecto porcino a los que el ingenio popular ha denominado con justicia coches.

II.

En el mismo pequeño y lejano país que duerme plácido en su luminoso paisaje al sur de México, un recado no es un mensaje que alguien envía a otro, sino lo que los niños derraman sobre su ropa a la hora de comer, lo que la gente le pone encima a los tacos, a los huevos, a la carne e incluso al pescado. En otras palabras, el recado es una salsa. En realidad, es muchas salsas, porque en el país de marras hay tantos recados como platillos originales, y de lo más exóticos que pueda uno imaginarse. Pues bien, expresiones como pasame el recado o el recadito está muy bueno o estaba mejor el recado que la carne o echale más recado a tus tacos y otras, pueblan la conversación durante las comidas, las cuales, gracias a la sofisticada cocina popular (hoy maltrecha por los alimentos empacados y preservados con sustancias tóxicas), constituyen verdaderos festines a pesar de los increíbles índices de pobreza y miseria que el país padece para vergüenza de su chata clase dominante.

Como el recado es lo que le da sabor a la comida y el mandado es la acción de salir a hacer lo que uno tiene que hacer, una expresión como Al mandado y no al retozo, tan popular en todos los países de habla hispana, podría invertirse aquí diciendo algo así como A la carne y no al recado, expresando de esta manera la incontenible voluntad que esta ciudadanía patentiza de ir (como los dermatólogos) al grano cuando del placer se trata. A la carne vendría a ser entonces el apremio que sintetizaría cierta filosofía de la vida y del enamoramiento y la seducción, los cuales a menudo empiezan por la cocina con una probadita del recado del almuerzo, la cual sustituye a las proverbiales agüitas que las abuelas les daban a beber a los abuelos cuando eran adolescentes para que se prendaran de ellas.

Lo sorprendente de todo esto es observar cómo del placer gastronómico de los recados, estos alegres ciudadanos pasan sin preámbulos al placer erótico del retozo cuando a veces no ha mediado para ello ni siquiera el más mínimo mandado. Todo lo cual hace honor a una manera desparpajada de vivir (sin preceptos ni manual de instrucciones) que no se explica si uno insiste en tomar en cuenta los índices de pobreza y miseria de que hablábamos arriba. Esta manera de vivir encierra en sí misma el secreto de una felicidad que no podrán conocer nunca los causantes de esa pobreza y esa miseria, ya que si no pueden creer que sea posible que un camello pase por el ojo de una aguja, menos van a aceptar que un recadito se pueda convertir en mensaje o un mandado en retozo. Este caso ilustra una vez más la brutal validez de la conocida sentencia bíblica según la cual estos especímenes no entrarán jamás en el Reino de los Cielos.

III.

Por otro lado, la amabilidad y la consideración hacia el prójimo que profesan los habitantes de este país absorto en sus lagos y volcanes, no tiene fronteras. Si no lo creen, escuchen esta voz que implora al otro lado de la línea telefónica y que dice: Buenos días. Yo, aquí, llamándolo con una mi súplica para molestarlo con lo siguiente: ¿sería tan amable de regalarme su correo electrónico? Quien llama suplica, molesta y pide algo de regalado. Todo, en son de modales.

No pocos de estos ciudadanos se topan en el extranjero con la socarronería de alguien que de pronto exclama ¿Que le regale qué? cuando dicen en un restaurante Regáleme un mi bistec con papas o en un bar Regáleme una mi cerveza bien fría, y tienen que explicar que cuando dicen regáleme están diciendo véndame o deme. Además, enfrentan miradas de extrañeza al meter a fuerza ese desesperado posesivo cuando hablan de una su tía o quieren una su cerveza o se lamentan porque les sobrevino un su cáncer. Todo lo cual expresa cuánto valoran sus exiguas pertenencias. Esas pocas que han escapado a la voracidad oligárquica.

Para estos nativos, estupefactos ante el azul de sus volcanes, la manía de pedirlo todo regalado es irrenunciable. Y lo es porque constituye una de las infinitas formas que tienen de practicar una arraigada cuanto extraña cortesía que suele llegar a extremos inverosímiles. Me explico: a un espécimen de esta latitud (que nunca se repone de su adictiva geografía) le parece brusco, pesado, ordinario y vulgar decirle a alguien véndame o deme tal o cual cosa, porque el tono imperativo le resulta inaceptable a su naturaleza forjada en la servidumbre colonial: esa que lo educó a la brava en el arte de la hipocresía como táctica de sobrevivencia. Por ello prefiere ubicarse en una situación de suprema humildad, casi de mendigo, para pedir regalado aquello por lo cual está sin duda dispuesto a pagar, como el bistec con papas o la cerveza, o aquello que por muchas razones no puede ser de ninguna manera un regalo, como la dirección electrónica de cualquiera. Se equivocan pues quienes juzgan a estos nativos como seres naturalmente disminuidos por el hecho de pedir de gratis todo aquello por lo que pagan (y por lo que no necesitan pagar). Procede por eso advertir al insensato que así piense sobre que cualquier atentado burlón contra la dulzura extrema de estos santos de la palabra, puede desembocar en una su merecida cachimbeada (golpiza), la cual sin duda le regalarán quienes antes habrán de disculparse por la molestia que eso pudiera causarle al infeliz de que se trate.

La cortesía chapina alcanza cimas casi místicas cuando el disculpe o el perdone o el dispense son sustituidos por el por vida suya o por el extremista por vida suyita. Noten cómo el diminutivo elogia la vida del interpelado, en nombre de su propia existencia, cuando por ejemplo se le pide regalado algo insólito, de esta manera: Por vida suyita, regáleme permiso para cederle mi silla. ¡El colmo! Nadie en su sano juicio podría permanecer indemne ante semejante muestra de bondad. Que le pidan a uno como gracia el permiso para que le faciliten la propia comodidad, eso sólo los reyes lo han saboreado en las mejores épocas del poder monárquico.

disculpe-profeY con los reyes llegamos al meollo de este asunto. Porque, atrapados en la herencia cultural de dos aristocracias derrotadas ―la maya y la española―, los mestizos de este país hipnotizado por su luz no tienen más remedio que dilapidar sus elaborados modales en torrenciales muestras de cortesía indiscriminada, las cuales, por supuesto, desconciertan a quienes consciente o inconscientemente practican la conocida e inveterada vulgaridad de los comunes.

IV.

Entre las frases que solamente se entienden en este colorido país suspendido en sus nubes, tal vez la siguiente sea una de las más interesantes de analizar porque, además de ser una exclamación que brota de un estado anímico excitado, y por ello sincero, resume cierta visión poética de la existencia que dice mucho sobre la identidad de sus habitantes, quienes se complacen en permanecer extáticos ante el efecto narcótico y adictivo del paisaje, y en enorgullecerse de que el resto de centroamericanos los llamen “chapines”, vocablo que alude a ciertas sandalias del mismo nombre, usadas por los capitalinos del país de marras en el siglo de su Independencia de España.

La frase dice así: Donde eché de ver que me había dilatado, dije yo a correr. Su traducción al castellano sería más o menos como sigue: Cuando me di cuenta de que se me había hecho tarde, eché a correr. Al inicio, un dónde sustituye a un cuándo. Es decir, una voz que indica lugar toma el sitio de una que designa tiempo. Y al final, un dije suplanta a un eché. Lo suplanta porque en este caso no se trata de que quien habla indique que de pronto dijo la expresión a correr (dije yo: ¡a correr!), sino que la expresión dije toma el lugar de me dispuse o eché (a correr). En otras palabras, una voz que expresaría acción concreta es sustituida por otra de pura afirmación verbal. Lo cual sólo le agrega colorido al simpático americanismo dilatar, que no se refiere al ensanchamiento que diversos objetos, como los rieles de la vía férrea, pueden sufrir bajo los inclementes rayos del sol tropical de este país sin trenes, sino a atrasarse y ser impuntual. Cuestión que, por otra parte, no desvela para nada a sus felices habitantes.

En cuanto a confundir el espacio con el tiempo, esto implica simplemente tomar las realidades como son, es decir, en forma relacional y compleja (holística dicen ahora los gurús de la “autoayuda”), y no parceladas por el lento y a menudo torpe conocimiento académico y científico. De modo que la chapinada es más sabia que quienes, con esnobismo universitario de filósofos de pupitre, proclaman con gravedad la posible autonomía del espacio respecto del tiempo, y al revés. Ahora, lo que sí resulta particularmente problemático es la confusión chapina del hacer con el decir cuando dicen a correr por estar dilatados. Esto lo advertía Asturias ya en los años 30 del siglo pasado, y tiene que ver con que la chapinada confunde aplicadamente la realidad con las palabras. Por eso, las bolas o rumores adquieren un realismo que asusta, mientras las lacerantes realidades sociales de explotación y discriminación se agotan en leves formulaciones verbales, como cuando los vividores de la cooperación internacional hablan de “mayas y mestizos” para describir una torva realidad intercultural imposible de explicar mediante tan simplona oposición binaria.

En ese país arropado bajo su cielo límpido, se confunde pues el cuándo con el dónde y el decir con el hacer. La anarquía mental y emocional que esto implica resulta quizás del efecto narcótico y adictivo del paisaje, que hace a los nativos olvidar en dónde están y cuándo llegaron, y también ―al confundir el dicho con el hecho― fundar con las palabras la única realidad que sienten como propia: la del ya mentado (narcótico, dilatado y adictivo) paisaje. Ese mismo que mantiene la psique de todos en el estado en que ―según su propio decir― se encontraba siempre el maltrecho corazón del poeta romántico José Batres Montúfar: “en estupor profundo”.

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