1. Por qué escribo
Escribo porque he llegado al convencimiento de que el único espacio en el que las personas y los hechos se desenvuelven como yo quiero es un espacio creado por mí, y que, a su vez, ese espacio contiene un sinnúmero de espacios interiores que están ocupados por incontables estructuras hechas de palabras, oraciones y párrafos.
Ese espacio de mi propia creación, nace en la página en blanco o en la pantalla luminosa de un computador. La urgencia, entonces, de vivir en un espacio mundanal propio y la inevitablenecesidad de crearlo, son las principales razones por las cuales escribo. Razón que para mí resulta ser de vital importancia.
2. Lo que escribo
Pero está también el espacio en el que vivo todos los días, ése que muchos llaman el mundo real. Sus desarrollos han marcado mi espíritu hasta el extremo que necesito reconstruir mis experiencias a fin de imponerles un orden mío, tanto en mi mente como en mi corazón, para que los significados que han quedado fijados en la llamada realidad puedan desplazarse hacia nuevos sentidos que se avengan mejor a mi inagotable necesidad de un espacio y un tiempo situados mucho más allá de nuestro tiempo y nuestro espacio y sin embargo formando parte de ellos. Escribo, por tanto, sobre mí mismo, sobre mi vida, mis experiencias y, hasta la fecha, no he sido capaz de evitar la autobiografía. La política y el amor, el erotismo y la guerra, la aventura y la reflexión aparecen, por ello, confusamente mezclados (como en la vida diaria) en forma de poemas, cuentos, novelas, ensayos y artículos. Mi pequeño pero abrumador país —Guatemala— y yo, somos, en resumen, los dos componentes de la pareja que, por medio de una relación amor-odio-, ha hecho nacer mis libros. Libros que, obviamente, no puedo separar de mi propio yo. Este yo tiene un credo el cual —melodramático y todo— resulta ser de considerable ayuda en los momentos de derrota; y dice así: Porque una frase nos eleva hacia la fortaleza espiritual y esta fuerza nos empuja hacia la práctica inclaudicable, creo en el poder concreto del verbo, en su fuerza material. Porque lo que decimos y escribimos —si es una entrega de lo que somos y de lo que anhelamos— nos construye (o destruye) en la dirección escogida, creo en el poder transformador de la palabra y en la liberadora responsabilidad que implica esgrimirla.
3. Cómo lo escribo
Siempre escribo bajo mucha presión. Cuando las condiciones —físicas y espirituales— son adecuadas, las convierto en alta presión.Y cuando no existen condiciones del todo para escribir, las palabras brotan fácilmente sin necesidad de ningún otro ritual.
Hay un tercer estado de realidad que tiene y no tiene que ver con el hecho de escribir y que me gusta más que escribir: el ocio. Esa, sin embargo, es una ocupación muchísimo más peligrosa que la escritura y por eso yo siempre regreso a ésta como tabla de salvación. Mi ritual antes de escribir —como el del perro que da vueltas para marcar el espacio en el que va a soñar— consiste en convertir cualquier situación dada en desesperación. En el cumplimiento de semejante tarea —créanme— el así llamado mundo real resulta ser de inconmensurable ayuda. Mi inveterada necesidad de crear un mundo que se desenvuelva como yo quiero se encarga del resto. Como pueden ver, nunca he dejado de ser un niño jugando. Y mi juguete no es otro que el espacio… y el tiempo. Los cuales se me están acabando demasiado rápidamente como a todo el mundo… Ahora se me ocurre que tal vez esta sea la razón de fondo de por qué escribo lo que escribo y cómo lo escribo… (Fin del juego…)
Publicado el 07/10/1993 — en Prensa Libre
Admin Cony Morales