Archivos MRM│EL TRABAJO COMO VALOR / Y el valor como trabajo

El valor de una cosa equivale al tiempo de trabajo incorporado en su fabricación. Su precio es arbitrario.

En sus Manuscritos económico-filosóficos de 1844, el joven Marx reconoce en la economía política de Adam Smith y David Ricardo el descubrimiento del valor-trabajo, es decir, el hecho de que ningún medio ni fuerza de producción (tierra, gente, máquinas, capital) es tal sin la acción humana organizada (o trabajo) sobre estos factores, y concuerda con estos dos economistas en que nada constituye riqueza ni mucho menos capital si la fuerza organizada del trabajo no está involucrada en el conjunto, pues es aquélla la que hace de los objetos inertes (o improductivos) como la tierra, la gente y las máquinas, una fuente de riqueza. La producción de riqueza (o valores) depende pues del trabajo organizado. Y, en el capitalismo, la fuerza de trabajo es un valor que se vende y se compra como cualquiera de las mercancías que produce cuando está en actividad.

A Marx le interesó averiguar cómo se fijaba el precio y el valor de la mercancía llamada fuerza de trabajo, y estableció que ambos surgen de la relación entre el tiempo por el cual se contrata al trabajador y lo que éste produce; pues si la jornada laboral es de diez horas, el trabajador produce, digamos, en tres horas el costo de su fuerza de trabajo, es decir, su salario; costo que equivale al precio de las condiciones de su reproducción (techo, ropa, comida, ocio), las cuales le permiten volver al día siguiente a cumplir con otra jornada de diez horas y también producir hijos que lo sustituyan. Si el trabajador se paga a sí mismo en tres horas, las restantes siete (en jornada de diez) trabaja para el propietario, y eso constituye la ganancia de éste. Por ello, el valor de la fuerza de trabajo no equivale a su precio, sino a la suma de valores que ella produce en la jornada laboral. El precio de la fuerza de trabajo equivale al salario, y éste es igual al precio de las condiciones de la reproducción de aquélla. A nadie se le paga, pues, el valor de su trabajo. Sólo el precio de su fuerza.

Así, el trabajo es la condición básica del valor porque lo produce. Y lo produce porque la fuerza de trabajo se compra por menos valor que los valores que crea en un lapso específico de tiempo. Si la fuerza de trabajo se pagara según los valores que produce, no habría márgenes de lucro y el sistema colapsaría. Esto implica que no puede haber “salarios justos”, porque el salario no es sino el precio de la reproducción de la fuerza de trabajo, y no el valor de los valores que produce. Si hubiera salarios justos, no habría riqueza para reinvertir bajo esta misma lógica.

Este hecho origina una tensión entre trabajo y capital, que se manifiesta de muchas formas, según sea el capitalismo que vive el país de que se trate: un capitalismo oligárquico o uno democrático, en el que en vez de existir una oligarquía intrafamiliar que controle los medios estratégicos de producción, hay muchos pequeños y medianos empresarios cuyos trabajadores constituyen la base de una cultura democrática que no necesita de militares para mantener el orden público, pues los factores de explotación no acusan niveles que hundan en la desesperación a las masas asalariadas.

La tierra, las máquinas, las personas, el dinero y el capital son, pues, valores sólo si el trabajo (como acto que vale porque produce valor) les otorga la función de instrumentos productivos. Este es el gran descubrimiento de la economía política burguesa sobre el que Marx desarrolló su teoría del trabajo enajenado y de la propiedad privada. Pero esta ya es otra historia.

Publicado el 03/03/2010 — en elPeriódico

Admin Cony Morales