Francamente, la amabilidad y consideración de los habitantes de este país absorto en sus paisajes, no tiene límites. Si no lo creen, escuchen esta voz casi implorativa que al otro lado de la línea telefónica dice: «Lo molesto si me regala tono de fax, por favor, disculpe». El acongojado interlocutor ya molestó, ya pidió que le regalaran algo, ya dijo «por favor» y ya se disculpó por haber molestado y pedido. La frase es redonda, lo cubre todo, no deja nada fuera.
No pocos de estos ciudadanos se topan en el extranjero con la socarronería de alguien que exclama: «¿Que le regale qué…?», cuando dicen en un restaurante: «Regáleme un mi bistec con papas», o en un bar: «Regáleme una mi cerveza fría», y tienen que explicar que cuando dicen: «regáleme», están diciendo «véndame» o «deme» o «páseme» lo que sea. Además, enfrentan miradas de extrañeza al meter ese desesperado posesivo cuando hablan de «una su tía» o quieren «una su cerveza». Lo cual expresa cuánto valoran sus exiguas pertenencias, esas que han escapado a la voracidad oligarca.
Para estos nativos, estupefactos ante el azul de los volcanes, la maña de pedirlo todo regalado es irrenunciable. Y lo es porque constituye una de las infinitas formas que tienen de practicar una arraigada cortesía que suele llegar a extremos inverosímiles. Me explico: a un espécimen de esta latitud (que no se repone de su geografía) le parece brusco, pesado, ordinario, vulgar decirle a alguien: «véndame» o «deme» tal o cual cosa porque el tono imperativo o conminativo se le hace inaceptable. Por ello prefiere ubicarse en una situación de suprema humildad, casi de mendigo, para pedir regalado aquello por lo cual está sin duda dispuesto a pagar, como el bistec con papas o la cerveza, o aquello que por muchas razones no puede ser de ninguna manera un regalo, como el tono de fax. Se equivocan quienes los juzgan como seres disminuidos por el hecho de pedir regalado todo aquello por lo que pagan (y por lo que no necesitan pagar). Procede por ello advertir al insensato de que cualquier atentado burlón contra la dulzura extrema de estos santos de la palabra, puede desembocar un «una su merecida» golpiza, la que sin duda le «regalarán» quienes antes habrán de disculparse por la molestia.
La cortesía chapina alcanza cimas casi místicas cuando el «disculpe» o el «perdone» o el «dispense» se sustituyen por el «por vida suyita». Noten cómo el diminutivo elogia la vida de quien es interpelado en nombre de su propia existencia cuando, por ejemplo, se le pide regalado algo insólito, de esta manera: «Por vida suyita, regáleme permiso para cederle mi silla». ¡El colmo! Nadie en su sano juicio podría permanecer incólume ante semejante muestra de bondad. Que le pidan a uno de regalo el permiso para que le faciliten la propia comodidad, eso sólo los reyes lo han saboreado en las mejores épocas del poder monárquico.
Y aquí llegamos al meollo de este asunto. Atrapados entre dos aristocracias, la maya y la española, los mestizos de este país hipnotizado por su luz no tienen más remedio que dilapidar sus elaborados modales en torrenciales muestras de cortesía indiscriminada que, por supuesto, desconciertan la conocida vulgaridad de los comunes.
Publicado el 5/02/2001 — en elPeriódico
Admin Cony Morales