Archivos MRM│AGONÍA DE ÁNGELES CAÍDOS

Hace unos dos años, Sergio Valdés Pedroni, el cineasta guatemalteco de Luis y Laura, me propuso filmar una secuencia en una cantina muy conocida por los bohemios de otros tiempos, llamada «El Olvido». Me explicó que estaba haciendo una película sobre el fallecido comandante guerrillero Turcios Lima, y que la secuencia de su muerte estaba basada en un capítulo de mi novela El ángel de la retaguardia, que recrea ese incidente. Me indicó también que su película tendría una parte documental con entrevistas a ex guerrilleros y militantes de la izquierda guatemalteca, y que mi intervención en ella sería corta y estaría a caballo entre la parte ficcional y la documental del filme. Naturalmente, acepté. Cuando estuvimos en la locación, Sergio me explicó que el personaje de su historia estaría leyendo El ángel de la retaguardia, sentado, bebiéndose un trago en «El Olvido», y que de pronto, agobiado por la confusión que le producía no sólo la derrota ideológica de la URNG sino sobre todo los sucios tratos políticos en los que ésta se metió con la derecha y los militares, imaginaría que hablaba conmigo. Era entonces cuando yo debía aparecer en la cantina y entablar con él un corto diálogo a partir de su pregunta respecto de cómo hacía yo para mantener una postura de izquierda sin dejar de ser crítico de ella y sin pasarme a la derecha, pero, sobre todo, cómo hacía para seguir viviendo, escribiendo y proponiendo brechas para el futuro político de nuestro malhadado país sin sucumbir en la desesperanza. Más o menos estas fueron las instrucciones de calentamiento actoral que Sergio me dio para mi intervención en su película.

Hace unos meses, estando yo en Compostela, Sergio me escribió desde Suiza contándome que la fase de posproducción estaba terminada y que el filme se estrenaría en Guatemala, en donde esperaba una recepción conflictiva, dada la mentalidad heroico-victimista de mucha de la resaca que dejó la claudicación y la traición de la URNG. Aclaro que estas son mis palabras y no las de Sergio, quien (yo percibo) profesa todavía una cierta lealtad afectiva hacia la izquierda oficial guatemalteca, a pesar de que su lucidez lo faculta para darse perfecta cuenta de todo lo que ésta ha hecho y le permite asumir una saludable distancia crítica respecto de ella, la cual —creo— ha de quedar ilustrada en Discurso contra el olvido (que así se titula su película). Por cierto, sigo esperando la copia prometida.

Pues bien, durante las más o menos cuatro horas de filmación en «El Olvido», me acuerdo que yo entraba al recinto y el personaje me saludaba, hacía unas reflexiones y me preguntaba: «¿Cómo hacés para no sucumbir ante el dolor, la estupidez…?» O algo así. Y yo le respondía más o menos que teníamos que aceptar las cosas como son y no soñar con que fueran como quisiéramos que hubiesen sido, y que por eso debíamos admitir que habíamos sido estafados por la dirigencia de la URNG (agrupación a la cual, aclaro, yo jamás pertenecí), que claudicó y vendió los principios revolucionarios a cambio de una vida dorada para su camarilla dirigente. Hacía énfasis, me acuerdo, en la necesidad de aceptar la estafa, el engaño, para poder curar las heridas de una militancia prolongada -que en mi caso duró 25 años- y seguir caminando hacia adelante sin anclarse en el fracaso y volverse un ridículo viejo nostálgico. Mis palabras eran breves y no abundaban en detalles ni reproches, sino enfatizaban la necesidad de aceptar la realidad como es, sin engañarse a uno mismo.

No conozco el resultado final de mi fugaz intervención pues no he visto la película, pero me enteré de que se estrenó en Guatemala y que se ha exhibido en cine-foros y en un canal de televisión. También supe que un coro iracundo de izquierdosos nostálgicos, con su cansón discurso victimizado y heroizante, despotricó en contra de lo que dije, lo cual de seguro fue mucho más breve en la pantalla que en la filmación. Me contaron asimismo que la monótona canción de este triste conjunto vocal de resentidos ángeles caídos suena cada vez más desafinada y fuera de tiempo y de lugar, ante lo cual no me cabe la menor duda de que expresiones como Discurso contra el olvido cumplen la piadosa tarea de contribuir a la liberación definitiva de sus miembros, acelerando su alargadísima agonía ideológica y su cruelmente postergado deceso.

Publicado en octubre de 2003 en Siglo Veintiuno

Admin Cony Morales