Archivos MRM│Preocupaciones

Como preocuparnos nos da la ilusión de que estamos haciendo algo por lo que nos preocupa, nos hacemos adictos a esa ilusión y terminamos derivando un inexistente sentido de importancia de nosotros mismos a partir de una crónica actitud preocupona que solemniza las cosas, las vuelve “importantes”, “serias” y “delicadas” cuando a veces se trata de lo más sencillo del mundo.

Existen algunas personas que tienen el don de no preocuparse por nada y sin embargo ocuparse de lo que tienen que hacer, sin asumir la pose de quien cree que está en medio de importantes tareas sólo porque se preocupa con aplicación y constancia. Por lo general, los preocupones no consiguen completar nada o hacen bastante menos de lo que sus expectativas preocuponas les dictan en el espacio ilusorio de la “importancia” y la “seriedad”. Los que no se preocupan hacen mucho, y lo toman como algo perfectamente natural en sus vidas.

Es necesario realizar, sin embargo, un deslinde para separar al preocupón genuino, sufrido, emocionalmente desgastado y tenso, del que finge ser preocupón, solemne, importante y estar en medio de cosas “serias” y “delicadas”. Este fingidor hace tiempo que ha caído en la cuenta de que fingiendo preocuparse por lo que le importa un pepino consigue aprobación y prebendas de los demás. Quienes han hecho tan crucial descubrimiento son los benditos oportunistas. Ellos andan por ahí, muy estirados, arreglándose la corbata y mirando de reojo a los demás con una pose de “cómo pesa el mundo que estoy cargando, señores”. Por lo general, son circunspectos, o fingen serlo. En los preocupones genuinos, la circunspección expresa el “preocupismo” crónico como mecanismo de compensación para no sentirse culpables de no hacer nada o de hacer muy poco. En el fingidor u oportunista, expresa sólo una pura, clara, llana y triunfal hipocresía. De modo que en donde mire usted a un estirado, allí tendrá a usted a un vago, sólo que disfrazado de gente muy ocupada.

La circunspección es requisito de “seriedad” y toda persona pública que quiera mercadearse bien debe asumirla en forma de un bien fingido sentido común gracias al cual todo lo comprende, de una desarrolladísima capacidad de aceptar las flaquezas de los demás, de una humildad tan bien montada que todo el mundo habla de ella, y de una falsa voluntad inquebrantable para defender lo que el vulgo concibe como “causas nobles”, las cuales van desde la caridad burguesa hasta la salvación utópica de la patria, pasando –por supuesto– por toda suerte de tareas dizque bien cumplidas.

En estas tareas es imprescindible el traje y la corbata, naturalmente. Y también la imagen de ser un hombre (o una mujer) de familia, lo cual implica una desarrollada habilidad para ocultar inevitables amoríos que le ponen la sal a la vida insulsa —por sacrificada debido al constante fingimiento de la preocupación— de los oportunistas y circunspectos. Es imprescindible igualmente el despliegue del saludo pródigo e indiscriminado y la sonrisa ancha, accesible a pobres y ricos, antes de volver a adoptar la pose circunspecta y preocupona que exige hablar “en serio” aún cuando se hable en broma, y no creer en nada de lo que uno dice para no caer de verdad en las garras de la preocupación genuina. Si usted cree tener estos atributos, láncese de candidato a la presidencia de la república, que ya tiene recorrida la mitad del camino. Y no se preocupe.

Publicado el 01/03/1999 en Siglo Veintiuno

Admin Cony Morales