Archivos MRM│ DIVAGACIONES EN TORNO A UN PROVERBIO

Un antiguo proverbio sánscrito aconseja: «Ocúpate bien del día de hoy porque es vida, la vida misma de la vida. En su breve curso residen todas las verdades de la existencia: la dicha del crecimiento, el esplendor de la acción, la gloria del poder. El ayer no es sino un sueño y el mañana sólo una visión. Pero el hoy, bien vivido, hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. Ocúpate, pues, muy bien del día de hoy».

Y, bueno, hoy quisiera ocuparme (no de la dicha del crecimiento ni de la gloria del poder sino) del esplendor de la acción, porque a ésta atribuyo el surgimiento de aquéllas y porque tanto la acción como su esplendor constituyen el requisito previo a la conciencia serena del glorioso sinsentido de todos los sentidos que con paciencia (unas veces) y con violencia (otras) vamos inventando y construyendo a lo largo de la infinidad de vidas que toma crear una civilización y una cultura, así como la cristalización de un ser humano que, a pesar de ellas, llega a ser capaz de deleitarse en el esplendor de la acción el día de hoy.

Este día, sin embargo, resulta un lapso demasiado largo para atestiguar esta epifanía, la cual reclama más bien la plena conciencia de este instante, el cual, repetido al infinito, es la eternidad. La acción esplende sólo cuando podemos percibir la plenitud del instante porque al hacerlo entramos en contacto con la infinitud, con lo eterno, cuya grandeza postra en estupor iluminado nuestra amada insignificancia. Después, todo se olvida y es necesario hacer un esfuerzo enorme por volver a tomar conciencia del segundo que sigue, el cual es una repetición del anterior y del posterior, porque la eternidad es eso, la prolongación del instante, de nuestra conciencia del instante en el que no pasa nada más que eternidad, nada más que nada.

Esta conciencia, mantenida activa lo más posible, echa por tierra todos nuestros adjetivos, nuestros atributos, y nos deja solos ante nuestro vacío fundamental, ante la conciencia de nuestra neutralidad, y nos hace ver el esplendor de la acción cuando practicamos el recuerdo de nosotros mismos como vacío pleno, dándonos con ello la dicha del crecimiento y la gloria del poder: el poder de no sucumbir ante la eternidad y de crecer como plena conciencia de nuestro glorioso sinsentido. El día de hoy nos queda muy grande para tamaña empresa. Quedémonos mejor con el instante.

¿Que para qué la conciencia de la propia nada, del propio vacío, del propio sinsentido? Pues para que el yo que observa acumule memoria. Memoria de la nada, del vacío, del sinsentido: de lo real. Que nuestros egos acumulen memoria de lo que creemos ser: el prominente abogado, el talentoso artista, el avezado político, el temerario militar, el hábil empresario. Acumular esa memoria no requiere esfuerzo especial. Para lo que se necesita mucha energía es para acumular memoria de la neutralidad de lo real, de la instancia ubicada después de lo Bueno y lo Malo, más arriba de las polaridades, de los binarismos, de las opciones. Esa memoria es memoria de este instante. Por eso hay que ocuparse de este instante, igual como el proverbio sánscrito indica que hay que ocuparse de este día: porque es vida, la vida misma de la vida.

Si nos ocupáramos del día de hoy o, mejor, de este preciso momento, eso bastaría para vivir una eternidad y conocernos a nosotros mismos. La dificultad radica en que nos negamos a tomar conciencia plena del instante porque nos gusta vivir en el pasado o en el futuro, soñando con lo que pudo haber sido y no fue o con lo que puede llegar a ser y todavía no es. Nos negamos a aceptar que las cosas son como son y no como queremos que sean. Y que no decidimos lo que nos pasa ni somos dueños de nuestros actos. Nos gusta pensar que tenemos un centro de gravedad, que tomamos decisiones y que hacemos cosas, que es nuestro el esplendor de la acción y que no es cierto que todo nos ocurre muy a pesar de nuestra voluntad. Nos olvidamos de que vivimos sólo la ilusión de ser conscientes porque nos entregamos con convicción a toda suerte de ideologías e ideas que justifican y entretienen nuestro sueño de la razón, y a eso solemos llamarlo, con inútil arrogancia, sentido común, lógica, conocimiento.

Asomarse a la infinitud de este instante nos hace ver la verdad del mundo y nuestra verdad personal. Esa es la única verdad que nos hace libres. Lo demás es moralismo, ilusión, espejismo, vanidad de vanidades, ciencia, religión, filosofía.

Publicado en mayo de 2003 — en Siglo Veintiuno

Admin Cony Morales