Archivos MRM│¿ES TODAVÍA POSIBLE LA DEMOCRACIA?

Resulta bastante contradictorio que las exigencias de los países poderosos al Tercer Mundo giren en torno a la necesidad de que éstos instauren democracias, sobre todo si pensamos en que las democracias primermundistas que se nos proponen como modélicas son de hecho poderes oligárquicos que ejercen la dominación mundial por medio de las corporaciones transnacionales. Por su parte, las democracias modélicas tercermundistas son también poderes oligárquicos que, del banano, el café y otros postres baratos, pasaron a la maquila de piezas para la industria transnacional de las telecomunicaciones, brincando por encima de cualquier intento de construir una economía nacional, propia y autónoma.

Es asimismo bastante contradictorio que se les exija a los países del Tercer Mundo el respeto a los derechos humanos, si desde hace ya considerable tiempo las actividades humanas giran en torno a las necesidades económicas de las transnacionales, y éstas constituyen el corazón de ese gran dios moderno que se llama Mercado, el cual se apoya justamente sobre el pedestal de los derechos de la mayoría de las personas y de los recursos naturales del planeta. ¿Se podría llamar a este orden mundial «democracia oligárquica» (valga el oxímoron)? El nombre es lo de menos. Interesa más percatarse de que la resistencia y la oposición a que este «unipoder» crezca y se consolide deben ser globales para que sean efectivas, y que seguir las recetas de la democracia y los derechos humanos tal como los entiende el poder oligárquico mundializado, equivale a luchar por llegar antes que los demás al punto en el que aquél político ingenuo exclamó: «¡Nos han llevado al borde del abismo, es hora de dar un paso adelante!»

Pero el necesario carácter global de la resistencia y la oposición al poder oligárquico transnacional pasa por su articulación local. No se puede ser global sin ser local. Sería como querer volar sin haber desarrollado alas. De modo que el trabajo político local es condición de su articulación mundial para lograr que la presión social sobre el modelo transnacional-oligarca empiece a ser efectivo. La efectividad de esta táctica la podemos constatar en los resultados del mal llamado «movimiento antiglobalización» y en el efecto ideológico de las iniciativas del Foro Social Mundial de Porto Alegre.

La bandera en contra de la oligarquización transnacionalizada del poder político puede ser justamente la democracia, pero llevada hasta sus últimas consecuencias mediante la exigencia de que los postulados liberales sean puestos en práctica sin restricciones ni manipulaciones institucionales que contradigan sus principios, como es el caso de apuntalar la «libertad empresarial» con proteccionismos del más puro corte estatalista. ¿Qué tal hacer girar la conciliación entre la planificación económica y los intereses del Mercado alrededor de los derechos sociales (humanos) de las mayorías productivas y consumidoras, democratizando el acceso a los préstamos y capacitaciones para que todos nos convirtamos efectivamente en empresarios? Se trataría de tornar el formalismo conceptual en una democracia radical, exigiendo que el ideario liberal se cumpla, yendo a la raíz de los problemas (que es lo que precisamente significa el vocablo «radical»).

Publicado el 14/05/2002 en Siglo Veintiuno

Admin Cony Morales