EL MIEDO DE BESARLA A USTED

(Un bolero para “El Olvido”)

 

A la memoria de Geoffrey Firmin, el Cónsul.

 

“¿Cómo consolar a la rosa y al jazmín?

¿Cómo, si tu risa ya no se oye en el jardín?” 

                                                                                                    ARMANDO MANZANERO

 

Bar El olvido y doña Elsa

 

Usted y nadie más que usted es la culpable de que yo me encuentre atascado aquí en esta cantina, hundida a la vera del callejón, sumida en un agujero en el que sólo la rockola me acompaña, sentado como estoy junto a la ventana por donde entra un rayo de luz que se desparrama en el piso dándole consistencia a los vómitos cubiertos con aserrín y haciendo casi visible el olor del agua podrida que se arremolina sobre las mesas, los tragos y los ceniceros. Usted es la culpable de este horrible trago que ahora me voy a beber, viendo sin querer los ojos alegres del enorme Jorge Negrete que doña Elsa tiene colgado en el muro, sobre la rockola, mientras escucho que Pedro Infante arranca con “Sembré una flor, yo la sembré…”

Usted es la culpable de que yo ya no salga nunca de aquí, de que ya sólo me levante de la cama pensando en venir a echarme el trago de ley en El Olvido, y a poner de un viaje todas las canciones de Pedro que hay en la rockola. Cuando el efecto del trago me hace consciente otra vez de la existencia de mi cuerpo y de mis pensamientos, la Choni se acerca y me pide dinero para poner ella sus boleros favoritos. Después de un frasco y medio de aguardiente soy capaz de volver a conversar, y a veces le meto charla a La Leona (así le dicen a doña Elsa), y ella me dice: “Llévese a la Choni, don Betillo, así se distrae…” Pero, qué va.

Hundido en este cuartucho de diez por diez, penumbroso, con la mirada de Jorge Negrete siempre benévolo sobre mí, y la voz grave de Pedro Infante susurrando “Yo la sembré para ver si era formal…”, no puedo dejar de pensar en que usted es la culpable, sólo usted, de todas mis angustias y todos mis quebrantos;  por eso cada vez que entro a El Olvido y bajo la gradita hacia la barra —que es como bajar una grada hacia el infierno (¡guácatelas, que frase nauseabunda!)— y La Leona me dice “Adelante don Betillo, ¿todas las de Pedrucho, como siempre?”, y yo le contesto “Gracias, todas como siempre”, y ella manda a La Choni a marcar todas las de Pedro en la rockola, por eso, le decía, cuando entro a la cantina y agarro el primer trago y siento que me sacude el alma y me quedo un instante esperando el efecto y viendo los ojos de Negrete prendidos de mí, por eso mismo, digo, es que no me pasa lo que me pasa y no entiendo ni acepto lo que usted me hizo, porque usted me mandó a hundirme en esta cantina, en este hoyo del que quiero y a veces ya no quiero salir, porque usted había llenado mi vida de dulces inquietudes y después la llenó de amargos desencantos, porque… porque… Pedro canta: “A los tres días que la dejé de regar, al llegar ya estaba seca, ya no quiso retoñar…”

Sí, usted llenó mi vida de dulces inquietudes y amargos desencantos porque primero me hizo creer que me quería y después se enamoró de otro y me sepultó a mí en esta mugrosa y amada cantina que queda cerca de la casa de mi madre (mi sacrosanta), adonde me he venido a refugiar en vista de que fríamente usted me pidió que me largara. Yo había empezado con que me iba, si usted seguía saliendo con sus amigas de la oficina hasta la madrugada, y usted me tomó la palabra y me dijo, “Pero te vas ahorita”, y ni modo, tuve que aguantarme como los machos y me fui donde mi mami, mi sacrosanta. “Yo la regaba con agua que cae del cielo, y la regaba con lágrimas de mis ojos…” Es que de plano la regaba.

Por eso, su amor es como un grito espantoso sobre un puente solitario sin río y sin suicidas. Siento el pecho abierto por un grito. Siento que grita mi pecho por la herida. La calle que penetra en la cuesta antes de que mis piernas doblen en el callejón hacia El Olvido grita; el cielo grita, mi corazón grita. “Mis amigos me dijeron: ya no riegues esa flor; esa flor ya no retoña, tiene muerto el corazón…” Pero eso no lo podía admitir: sentía que se me resquebrajaba el cielo sólo de pensarlo.

Su amor también grita porque es como un grito que llevo aquí en mi alma y aquí en mi corazón, y soy —aunque no quiera— esclavo de sus ojos, juguete de su amor, porque me volví una piltrafa en sus manos o, mejor dicho, fuera de sus manos, de sus cuidados a regañadientes, de su genio irritado: no pude, no he podido, situarme más allá de las sábanas limpias, las sirvientas regañadas, los pisos brillantes sobre los que no se podía caminar porque se ensuciaban, el orden, el mal humor, la herida. No juegue con mis penas ni con mis sentimientos, que es lo único que tengo. Ya nada vale la pena: es increíble que usted, la renegada usted, fuera el centro de mi vida, de la vida: ahora nada tiene sentido y por eso yo ya no tengo alma: tengo un agujero inmenso en el pecho por el que pasa la calle interminable que veo sin fin cuando cruzo en el callejón rumbo a El Olvido: pongo el pie en la grada que me hace descender hasta la barra y hasta el trago, y hasta la rockola hacia la izquierda, y hasta el gran retrato de Negrete y las canciones de Pedro, y el olor a agua estancada me entra como alfiler en la nariz, y saludo a doña Elsa o a Carmencita, y tal vez la Choni está por ahí sentada o atendiendo a un cliente solitario, y ya “el rayo de luz que el sol envía” —como “a través de una bóveda sombría”— parece iluminar  “el roto mármol de una sepultura”… “Inerte, en estupor profundo, mi corazón se embarga y se enajena cuando en el vano estrépito del mundo la melodía de tu nombre suena”. Esa fue una de las dificultades desde el principio: nunca me gustó su nombre, a quién le va a gustar ese nombre. Y luego nada de usted me gustaba: bueno, me gustaba su cuerpo desnudo, pero nada más: no podía con su lógica rotunda referida a los hechos, a las cosas concretas y a los sentimientos… “Yo la regaba con agua que cae del cielo, y la regaba con lágrimas de mis ojos… Mis amigos me dijeron: ya no riegues esa flor; esa flor ya no retoña, tiene muerto el corazón”.

Tomo el frasco de aguardiente y lo vierto en el vaso: tomo el agua quinada y la vierto en el vaso: agrego limón, sal y hielo y me lo bebo todo de un solo trago, y me duele un poco el estómago y veo el platito con mariscos retostados que me ha traído la Choni, y pienso que debo aprovechar y comer algo ahora para luego llevarme una botella a mi casa. Al llegar, puedo poner el disco de Frank Sinatra con aquella canción que dice It was just a wedding in June, that’s all that it was, but, oh, what it seemed to be… Voy a pedir otro frasco, y le voy a decir a la Choni que vuelva a marcar todas las de Pedrucho en la rockola.

La Choni viene cuando la llamo: “Traeme otro trago y poneme otra vez a Pedro”, le digo, y callada la boca va al mostrador, pide monedas a Carmencita y regresa, primero, a la mesa a dejarme el trago y, luego, a la rockola a marcar las de Pedro. Oigo el chasquido fugaz de la tapa del frasco de aguardiente y la voz grave de Pedro que arranca con “Ya no estás más a mi lado, corazón, en el alma sólo tengo soledad… Y sí, ya no puedo verte porque Dios me hizo quererte para hacerme sufrir más…” Vierto el aguardiente en el vaso y me lo bebo sin agua y sin hielo; luego exprimo el limón en mis labios. A lo lejos, la Choni hace como que baila el bolero que sale de la rockola: “Siempre fuiste la razón de mi existir, adorarte para mí fue religión… y en tus besos yo encontraba” la razón de mi existencia, el sentido de mi vida, usted era el espejo sin el cual yo no tenía conciencia ni razón de ser. Cómo no iba a ser mi religión quererla si yo no sabía quién era usted; lo malo es que de todo eso sólo ahora me doy cuenta, cuando la borrachera comienza a pegar en mi alma y me libero de la angustia, de la pena, de la desesperación de pensar que usted está ahora con otro, que en este momento sale de la casa y se va con otro a bailar, a estar feliz. La Choni viene caminando y ha dejado de hacer como que baila. Usted puede estar para salir ahora: se va a ir con un desconocido a un motel sucio e indigno, usted, sí, “la que hubiera amado tanto”, la culpable de todo esto: de mis celos, de mi angustia, de este deseo de no querer vivir, de esta imposibilidad de dejar de beber, a pesar de que “en sus besos yo encontraba el amor que me brindaban el calor y la pasión”. No entiendo por qué ocurrió esto entre “nosotros que nos quisimos tanto”, y que (ahora) “debemos separarnos, no me preguntes más”. No quiero que usted me diga eso, pero eso es lo que me dice siempre. En qué momento dejé de importarle, no lo puedo precisar: siento un agujero negro en el estómago desde que usted me pidió que me fuera de la casa y yo sentí que ya no me quería, que ya no me soportaba. No puedo aceptar que “es mi destino seguir así (triste agonía vivir sin ti): me siento perdido en este mundo y mi último fracaso será tu amor”,  ¿de veras será el último?, siento que no, no sé por qué estoy seguro de que deberé sufrir mucho más todavía. Por eso es que usted es la culpable de que yo esté aquí, “en el rincón de un cantina, oyendo la canción que yo pedí”, las canciones de Pedro, sentado en esta mesa, oliendo los vahos de agua estancada, mirando el rayo de luz que entra por la ventana y que ilumina la pelambre del ambiente hasta estrellarse contra el piso lleno de un grueso aserrín que cubre vómitos: usted es la culpable de que esté arrumbado en este agujero situado un metro debajo del nivel de la acera, empozado como el agua estancada que apesta, hablando incoherencias con mis lejanas e intocables ideas, bebiendo para sentir que dejo de sentir, hasta que ya estoy borracho y de pronto me invaden energías suficientes como para meterme al carro e ir a buscarla a su casa, exactamente cinco minutos después de que su amante ha salido hacia la parada del autobús, luego de estar con usted en la que fue mi cama. ¿Que yo la empujé a esto? ¿Por qué pienso semejante estupidez? ¿Por qué allá en el fondo de mi corazón hallo que de alguna manera yo soy el culpable de todas mis angustias y todos mis quebrantos, y también de que usted dejara de quererme y ahora ande por ahí con un tipo diez años menor que usted? Es una matemática que no es la que yo tenía calculada para mi vida ni para la suya. Ah, “si pudiera explicarte cómo es de inmenso en el fondo de mi corazón mi amor por ti”. Quisiera poder gritar, “señor cantinero, sírvame otra copa que quiero olvidar”, pero le digo a la Choni, “Traeme otro frasco”, y le pido que ponga otra ronda de canciones de Pedrucho, y ya viene el octavo de aguardiente con un platito de papas fritas que yo miro de lejos mientras me sirvo un trago grande, y de pronto un parroquiano entra y pone en la rockola a Juan Gabriel que empieza a cantar el “Noa-Noa”. Me veo al volante de mi carro llegando a esperarla a usted a la salida de su trabajo y quedarme allí dos horas hasta que el vigilante me dice que no hay personal adentro y entonces caigo en la cuenta de que usted salió en el auto de alguna de sus amigas cómplices y que iba agachada sobre uno de los asientos, exactamente igual como entran las mujeres decentes como usted a los moteles con sus compañeros de trabajo. “¿Quieres bailar esta noche?… Vamos al Noa-Noa, Noa-Noa…” Usted debe estar ahora en alguna discoteque bailando, “vendiendo tu amor al mejor postor, bailando”, antes de ir al motel con su amante. Ah, usted es la culpable de todo, sin duda… “¡Noa-Noa… Noa, vamos a bailaaaaaar…!”

Mientras la imagino bailando me doy cuenta de que “hoy me arrepiento de haberte dejado tan sola y sin mí”, porque por eso te liberaste; ¿que cómo te dejé sola?, bueno, te abandonaba aún dentro de la casa y te abandonaba aún en la cama; “tanto he sufrido que hasta en mi delirio me acuerdo de ti”, este delirio de borracho que empieza a llegar y que acabará en mi cama bajo el techo giratorio del cuarto de mi sacrosanta que ahora se encuentra muy preocupada por mí, y con la certidumbre de que al amanecer beberé de una botella que habré de llevar de aquí, de El Olvido, y que hará posible que pueda llegar vivo a las once de la mañana y salir para que mis piernas me traigan de nuevo hasta aquí, no sin antes mirar la calle larga que se hunde en la cuesta sin sentido y que desaparece cuando entro al callejón donde está enterrada la cantina; por todo, “hoy vago solo en el mundo sin ti; no sé si pueda volverte a besar, y como un niño me pongo a llorar porque ya te perdí”. Ya te perdí y no puedo dejar de pensar en que “tú me acostumbraste a todas esas cosas” que hoy extraño, y se me forma un vacío físico en medio del pecho cuando pienso en la sencilla y desarmante verdad de que ya te perdí, “que tú no quieres ya jamás volver a estar cerca de mí (que no te importa mi manera de vivir) ni te interesas más por mí”, que te perdí, que “ya no estás más a mi lado, corazón” y que “en el alma sólo tengo soledad”, y que “si ya no puedo verte” es “porque Dios me hizo quererte para hacerme sufrir más”. ¿Qué tendrá Dios contra mí? Porque “siempre fuiste” —ahora me doy cuenta— “la razón de mi existir”, por eso te jodía tanto. Juan Gabriel aúlla “¡Vamos al Noa-Noa, Noa-Noa, Noa-Noa…!”, y Negrete sigue viéndome cuando me asalta la idea de que “aunque yo muera tú jamás podrás saber lo que sentí en mi agonía de vivir lejos de ti”, y me carcome el cerebro. Juan Gabriel termina diciendoNoa, vamos a bailaaaaaaaaar…”  La Choni va a atender a un par de jóvenes que han entrado a la cantina. En la rockola comienza Pedro a cantar “Si no me quieres, ni modo, de amor no voy a morirme”. Creo que yo sí “voy a morirme de amor” (qué pendejada), “aunque yo no lo quisiera, voy a morirme de amor….” Por eso, “que me sirvan una copa y muchas más, que me sirvan de una vez pa’ todo el año, que me pienso seriamente emborrachar” como lo hice ayer y antier y todos los días en los últimos ocho meses, carajo; qué aguante.

El gesto de sentarme, tomar el vaso y empinarlo al tiempo que suena un bolero es una rutina que me está destruyendo porque “no hay bella melodía en que no surjas tú, ni yo quiero escucharla si no la escuchas tú” (¿por qué esa necedad de querer que estés conmigo siendo mi testigo siempre, como si fueras el ojo de una cámara que filmara estas secuencias en las que el protagonista del dramón soy yo, la estrella que cae?). “Es que te has convertido en parte de mi alma: ya nada me conforma si no estás tú también”. Nada me conforma. Eres mi espejo quebrado. Mi conformación se ha desintegrado sin ti. Y “sin ti no podré vivir jamás”, y sólo de “pensar que nunca más estarás junto a mí”, no puedo concebir que “la vida sigue igual”. “¿Cómo, si tus pasos ya no cruzan el portal?” He dejado de estar conformado: he perdido mi ser, mi conformación: en la estructura de vidrio de la vieja rockola puedo ver mi imagen transparentada y confundida con sus luces rojas y anaranjadas, con las sillas y las mesas, con los muros verdes y morados, las coronitas verdes de Navidad que tienen varios años de pender de las paredes, las luces que habrán de encenderse en la nochecita, el vaho de agua estancada, y ahí estoy, sentado, bebiendo, difuminado como en el final de una secuencia de película en la que el actor ofrece un papelazo con la copa en la mano, temblando, alucinando, sufriendo como centro del (melo)drama. “Ya nada me conforma si no estás tú también”. ¿En qué momento me volví tú y te convertí en yo si te despreciaba tanto? ¿Cuándo exactamente comencé yo a despreciarme y a necesitar rechazarte, y cuándo hallaste tú en eso el complemento de tu media naranja? “Nos hemos hecho tanto (tanto) daño, que amor entre nosotros es martirio”, pero precisamente por eso —pensaba— “no habrá nunca despedida ni paz alguna habrá de consolarnos”, y al final —eso pensaba— “el dolor ha de encontrarnos de rodillas en la vida, frente a frente y nada más”. ¿De dónde sacaste la fuerza para quebrar el eje simbiótico? (qué palabrejas). Provocaste una ruptura epistemológica (¡qué palabrejas, he dicho!) que me ha desconformado y dislocado el desarrollo de todo este drama, el cual iba muy bien hasta que tú te saliste de escena. Y, dime, “¿cómo imaginar que la vida sigue igual? ¿Cómo, si tus pasos ya no cruzan el portal?” Tus temidos pasos en el portal. “Porque en ti se encierra toda mi vida, si no estoy contigo, mi bien, no soy feliz”. Tengo que admitir que “sin ti no podré vivir jamás (y pensar que nunca más estarás junto a mí)”, y simplemente no vivo porque estoy aquí, atascado en esta cantina, sin esperanzas y sintiendo que a mi alrededor el mundo se está derrumbando, aferrado a estos boleros que me cantan una y otra vez mi triste historia de amor, esa que usted insiste en negar, porque usted me niega que tenga un amante, me lo niega todo en nombre de una pretendida decencia que usted esgrime indignada cuando la interrogo, y eso me despierta la estúpida esperanza de que mis celos sean simplemente el producto de una suposición. Y vuelvo a caer en el hoyo negro de la desesperanza y el absurdo que a la vez se intensifica y se aplaca aquí, en El Olvido, con la voz grave de Pedro Infante y la mirada benévola de Jorge Negrete, lejos del mundo.

El sonido de las guitarras y los requinteados de los boleros me consuelan cuando el alcohol pasa por mi garganta y siento su golpe tranquilizador en el cerebro y en el alma. Tengo un sabor de alcohol en la boca que se me antoja sabor de madera, sabor de resina de madera: aspiro y cuando suelto el aire me queda en las fosas nasales el vaho de alcohol, intenso. La Choni no está, ¿entraría al cuarto con alguno de los parroquianos que llegaron hace un rato? Uno de estos días la Choni me dijo que de qué me servían mi inteligencia y mis huevos si estaba bebiendo por una mujer. Y todo mi edificio se derrumbó: se vino de lado como una torre de Pisa que se desploma por fin, porque el edificio estaba mal hecho, tenía cimientos débiles: y qué lejanos los días —hace menos de un mes— en que yo caminaba o iba en el auto pensando que mi vida estaba hecha. Ahora oigo boleros hasta que comienzo a reír solo y a pensar en que “si pudiera expresarte cómo es de inmenso en el fondo de mi corazón mi amor por ti”, tal vez no estaría arrumbado en este hoyo de este callejón sin salida, rodeado de luces de colores y viendo a la Choni que ha pasado hacia el mostrador abrazada de un muchacho que viste botas y sombrero de paja, seguro es policía, y se ve que a la Choni le gusta. Usted-es-la-culpable también está ahorita a gusto con su muchachón veinteañero en algún penumbroso motel: pensar en eso, recrear las imágenes es muy doloroso, y ni modo de cantar aquél patético bolero que dice, “Insensato, la mujer que has elegido, antes que fuera tuya ha sido mía… y tú de qué te ríes que has bebido, las sobras de mi copa ya vacía…” La cosa es que no me importa la copa vacía, y estoy casi diciendo, “Mozo, sírveme en la copa rota, quiero llorar gota a gota el veneno de su amor”, y el consuelo pendejo de Julio Iglesias no me sirve porque a qué decir que “Lo mejor de tu vida me lo he llevado yo…”  si quisiera seguir llevándomelo… ¡Salud, salud! ¿Qué hago aquí, metido en esta cantina de mala muerte? No quiero pensar en eso, salud, gluc gluc, aaahhh, tengo limón hasta en el alma, veo la punta de mi zapato sobre el aserrín-aserrán del piso y retumba la orquesta en mis oídos y el bajo en mi barriga cuando la Choni pasa hacia la rockola y marca de nuevo el “Noa-Noa” y empieza a bailar con el chavalo de sombrero: bailan, el tipo tiene una pistola en la cintura, cuando se agacha para agarrar mejor a la Choni se le mira el arma, es una escuadrota nueve milímetros, de plano es policía, salud, gluc gluc. “¿Quieeeeres bailaaar estaaa nocheeee…? ¡Vamos al Noa-Noa, Noa-Noa…!”

…A lo lejos veo la sonrisa de la Choni y su mano extendida que apretuja los billetes con los que pago la cuenta: me levanto de la silla y Jorge Negrete me sonríe. Me había quedado dormido y la Choni me despertó, me dijo que mejor me fuera, que ya era tarde, y por eso camino hacia la salida de El Olvido, saludo a doña Elsa, que está en el mostrador, y subo con cuidado la grada hacia el callejón: doblo a mi derecha y camino, camino más, llego a la calle, doblo a la izquierda, camino, cruzo la avenida y veo que salen dos borrachos (como yo) del bar El Cuñado, una cantina adonde no entro porque apesta más que El Olvido, los tipos me hablan, uno de ellos es alguien que he visto antes, me dice algo, yo casi no le entiendo, entonces me lanza una patada que me da en un muslo y una trompada que me roza el cuello: ninguno de los golpes dio de lleno pero la patada me arde, y al tipo lo agarra su amigo y le dice que no joda, que va a venir la policía, y yo aprovecho para caminar y caminar hasta doblar a la derecha en la esquina y llegar a mi casa donde mi madre me pregunta qué pasó y yo le digo que nada y ella insiste en que algo pasó porque vengo raro además de borracho, y entonces yo le cuento que me acaban de pegar y que no me defendí y comienzo a llorar, así de simple, a llorar amargamente, desconsoladamente, como un niño avergonzado de su indefensión, suelto, sin trabas, llorando como nunca en la vida, hasta que pasa el llanto y me acuesto y pienso, mientras el cuarto da vueltas, que mañana amaneceré grave y que no se me ocurrió traerme una botella para el despertar, que tendré que dar tiempo hasta el mediodía o, con suerte, hasta las once de la mañana, a que abran El Olvido para ir a meterme otra vez allí y beberme un trago y empezar a sentir que, después de todo, el malestar era pasajero, y decirle a la Choni que ponga las de Pedro y beberme otro trago con el beneplácito de Negrete, que me mirará desde encima de la rockola, y yo pensaré que todo esto ha sido posible gracias al miedo: el miedo de querer, de que me quieran, y “de besarla a usted”… y que “si es cierto como dicen que el cariño tiene un precio, qué caro estoy pagando por quererte, ay cariño”, pero que no importa y que qué lástima que ese disco de Muñiz no esté en El Olvido porque/

1994

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Nota: Este relato forma parte del libro de Mario Roberto Morales titulado El libro de las relaciones olvidadas (Guatemala: Tipografía Nacional, 2011).